La semana pasada murió uno de los hombres más importantes de la historia de la humanidad. Se llamaba Norman Borlaug y salvó a cientos de millones de personas en todo el mundo, aunque usted nunca lo haya escuchado nombrar. En nuestro Ministerio de Ganadería tampoco parece que sepan quién fue, y ahí sí que no tienen excusas.
Borlaug fue un agrónomo considerado el padre de la agricultura moderna, inventor de la "revolución verde", cuyos resultados permitieron rescatar de la hambruna a millones de seres humanos. Nacido en una granja de Iowa, se formó en las mejores universidades de su país. Pero luego, en vez de quedarse en el confort de un laboratorio del primer mundo, se fue a luchar desde la primera línea contra la epidemia de hambre que por los años 60 amenazaba el futuro de la humanidad. Su obsesión era mejorar la calidad de las semillas utilizadas en cultivos en esos países, para hacerlas más resistentes, y sencillas de usar, permitiendo así que agricultores de zonas pobres pudieran producir más y mejores alimentos. Su primer éxito fue en México, donde trabajó en mejoras genéticas de los cultivos de trigo y logró que en sólo 10 años el país pasara de ser un importador nato del cereal, a exportar millones a todo el mundo. Su experiencia fue tan exitosa que fue contratado luego por India, donde también tuvo un suceso resonante, llegando a cuadruplicar la producción de alimentos de ese país, lo que derivó en que en 1970 le otorgaran el Nobel de la Paz.
Pues bien ¿qué tiene que ver todo esto con nuestro venerable MGAP, plataforma de lanzamiento para el actual candidato oficialista, y desde donde surgieron proyectos transformadores como "el asado del Pepe"? Lamentablemente, mucho.
Uruguay es un beneficiado reciente de esta "revolución verde" que comenzó en los sesenta. Recién en los últimos diez años se ha visto un empuje serio de la agricultura en nuestro país, que está cambiando vertiginosamente, y para bien, la realidad rural nacional. En gran medida esto ha sido posible gracias a la introducción de semillas transgénicas que permiten la adaptación agrícola de suelos que hasta hace poco solo habilitaban la ganadería extensiva. Transgénicos que son hoy posibles en gran medida gracias a los trabajos de campo de Norman Borlaug.
Pero ese proceso de modernización fue visto desde un inicio con desconfianza por las autoridades del ministerio encabezado por José Mujica, que soñaban con un paisaje pastoril de pequeños (y pobres) campesinos familiares. Algo que no pega mucho con la realidad actual de estas redes de productores superprofesionales y eficientes. Así, se tomaron medidas para entorpecer este desarrollo, entre las cuales una fue más inexplicable que todas: se suspendió por 18 meses el estudio -e incorporación- de nuevas variedades de semillas transgénicas. Todo con la excusa de que hacía falta más "debate" y estudio acerca del tema. Debate que por supuesto nunca existió, y que sólo fue una excusa para intentar frenar el progreso.
Mientras Uruguay decidió congelar por un año y medio todo avance en la materia, nuestros vecinos Argentina y Brasil lo hicieron en forma vertiginosa. Algo que quedó en evidencia días atrás cuando el gerente de la Cámara Uruguaya de Semillas, Daniel Bayce, sostuvo que las últimas variedades de transgénicos presentadas a estudio del gobierno tras el levantamiento de la "veda", ya son "fósiles" a nivel mundial, y que la medida tomada por MGAP atrasó al país por lo menos cinco años en comparación con sus vecinos.
La realidad indica que la discusión internacional acerca de los transgénicos es cosa del pasado. Salvo algunos grupúsculos de radicales, ya nadie piensa que los alimentos genéticamente modificados, tras décadas de estudio y experimentación, sean algo que amenace el futuro de la humanidad. Por el contrario, son la respuesta para los nuevos desafíos que genera la explosión demográfica global. Hasta la Unión Europea, antiguo bastión contra los transgénicos (sobre todo porque éstos eran impulsados por EE.UU.) ha dado el brazo a torcer, y en 2008 aumentó un 21% la superficie plantada con ellos. Y sin embargo en Uruguay la medida "progresista" fue prohibir su estudio por un año y medio. Otra pequeña muestra de lo caro que le puede salir a un país el ubicar en cargos clave a personas a las que las buenas intenciones no les alcanzan para suplir su falta de actualización y de noción de hacia dónde va el mundo en este siglo XXI.