Tabaré Vázquez tiene motivos para considerarse ya figura trascendente de la historia nacional. Trascendente no quiere decir necesariamente positiva.
Fue el primer gobernante de izquierda de la Intendencia Municipal de Montevideo, lo que no significa avalar su gestión como positiva, que fue pésima y dilapidatoria. Allí habilitó los carritos hurgadores, llevó los sueldos de los funcionarios a guarismos récord dentro de la Administración Pública, y ganó carisma, el necesario para hacerle la zancadilla a Seregni y obligarlo a renunciar por decoro a la presidencia del Frente Amplio, cuando desautorizó abiertamente los postulados básicos de la reforma constitucional de 1996 a la que primero apoyó y después dio la espalda.
Era el salto necesario para trepar al gobierno nacional, desde donde se dedicó a hacer polvo la norma constitucional que le prohíbe, desde su cargo presidencial, practicar actos políticos. Vázquez no cumplió jamás con ese sabio mandato que procura que el Presidente de la República lo sea de todos los uruguayos, y no de un partido político. Vázquez comenzó, siguió y termina, sin haberse podido desprender nunca de su condición de presidente de los frenteamplistas, no de los uruguayos. Lo cual, a la impronta que dejó en la historia, le estampa una mácula para el mal recuerdo.
Meses atrás quiso digitar la fórmula electoral de su partido político y fracasó estrepitosamente: su candidato fue vapuleado. Ahora, en pleno proceso electoral, por un lado anunció que no participaría, pero por otro, ha expresado a quien quiera oírlo que incrementará su participación en los actos públicos para destacar los logros de su gobierno en giras por el interior, y "pueblo a pueblo", con lo que a su vez trabajará en busca del éxito de la fórmula presidencial que encabeza José Mujica.
No se conocen antecedentes de este desprecio a la norma constitucional -aquello de las dos bibliotecas ya pasó a la historia- exteriorizado con tanta despreocupación y desfachatez, porque mientras en su entorno se le advierte el ataque a la Constitución, a él le resbala.
Es una lástima; está llegando al final de su mandato y aún no aprendió a respetarla.