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Juan Martín Posadas
En el Uruguay contemporáneo innovación y tecnología parecen ser sólo dos invocaciones. Sin embargo, en esto como en otras cosas, hay que revisar los dichos.
A fines de mayo tuvo lugar un foro sobre estos temas. Allí el gobierno, a través del Director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, presentó los lineamientos de un Plan Estratégico Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación. Si el tamaño del título tuviese alguna relación con los resultados podríamos esperar confiados el desarrollo de estos aspectos.
Es evidente que nuestro país necesita despertar a la necesidad de un desarrollo tecnológico y de una apertura decidida hacia la innovación. En ese sentido: bienvenidos los proyectos. Pero cuando ha habido algún caso de innovación y de desarrollo tecnológico, hay que reconocerlo, proclamarlo y darle su debida importancia; a eso apunta esta columna.
En el mencionado foro del mes de mayo el Director de la OPP hizo referencia a las carencias que nuestro país tiene en esta materia. Señaló, con razón, una escuálida inversión de apenas 0.3% del PBI en esta materia, agregándose a ello una contumaz descoordinación institucional en los proyectos de innovación.
Este reconocimiento de la incapacidad e ineficiencia del gobierno (se podría agregar, de la oficina que él preside y dirige) constituyen un "mea culpa" necesario. Pero, acto seguido el Sr. Rubio entró a cargar las tintas sobre el sector privado. Sostuvo que en el Uruguay existe una cultura empresarial "poco propensa a la innovación". Sólo el 28% de las empresas industriales realizó una actividad de innovación entre 2004 y 2006, y menos del 50% se vinculó con algún agente del sistema nacional de investigación.
Estos números serán verdad, pero si el Sr. Rubio se asomase fuera de su despacho y de su horizonte cultural detectaría una realidad diferente -felizmente diferente- en un sector particular de la actividad económica nacional: el campo. Merece destaque.
El agro fue, durante mucho tiempo, territorio de la rutina empresarial (sacrificada rutina, si se quiere), donde el resultado económico provenía casi exclusivamente de la aplicación de capital. Pero hace unos años el campo uruguayo ha cambiado mucho. La producción de carne empezó a cambiar fuertemente desde la década de los noventa: el índice de procreos no tiene nada que ver con el pasado y el manejo del ganado lo mismo. La agricultura de secano desde el 2000 para adelante se ha transformado. A esto debe agregarse la transformación de la lechería y la actividad forestal reciente. El arroz, cultivo tecnificado desde hace 40 años, en estas dos o tres últimas cosechas ha alcanzado una productividad (o rendimiento) de las más altas del mundo.
En todos estos rubros se ha dado un desarrollo colosal atribuible no sólo al aumento de los precios, sino principalmente a la aplicación de tecnología. Como suele decir el Ing. J. Preve: hay más desarrollo científico y más tecnología aplicada en un grano del maíz que se siembra ahora que en muchos aparatos electrónicos.
Lo más destacable es que toda esa innovación e incorporación de tecnología a la tarea agropecuaria fue llevada a cabo por los productores, por particulares, sin asistencia del gobierno y casi sin que éste se diera por enterado.
Es bueno que el gobierno se preocupe por la innovación y la tecnología, es importante hacer simposios y plantear metas. Lo que no está bien es no registrar siquiera los avances de ciertos sectores y no reconocer cómo se han producido.
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