Pablo Da Silveira
La enseñanza uruguaya está atrapada en una espiral de deterioro. Los problemas de calidad y de equidad se arrastran desde hace décadas, y ahora se han sumado el descontrol y la violencia en los centros de estudio. A muchos nos preocupa la situación, pero los intentos de mejora no han dado mayores resultados.
En la enseñanza más que en otros campos, los uruguayos hemos resultado más hábiles para bloquearnos entre nosotros que para generar cambios.
¿Cómo salir de esta situación? Lo primero es identificar las causas del bloqueo.
En primer lugar, nos están faltando ideas sobre cómo mejorar la calidad, aumentar la equidad y disminuir la violencia. En segundo término, tendemos a concebir las reformas como intentos de imponer modelos globales, lo que nos condena a empantanarnos en grandes batallas político-corporativas.
Para encontrar salidas a este encierro tenemos que darnos la oportunidad de experimentar. El único camino para superar la penuria de ideas es ensayar nuevas maneras de hacer las cosas.
Y el único modo de escapar a las batallas político-corporativas es renunciar a la voluntad de imponer a corto plazo algún modelo de funcionamiento que todos deban aceptar. Tenemos que darnos un tiempo y un espacio para buscar soluciones sin paralizarnos por nuestros enfrentamientos.
Darnos un tiempo para experimentar significa abrir un período en el que puedan coexistir diversas maneras de organizar el funcionamiento de los establecimientos y distintos modos de orientar el trabajo de aula.
La instalación de un modelo alternativo que abarque a todo el sistema tiene que ser el final del camino, no el principio. No debemos obsesionarnos por encontrar la gran propuesta salvadora, sino permitirnos ensayar y evaluar.
Sólo la experiencia podrá decirnos lo que vale cada propuesta. Y sólo a partir de conclusiones fundadas en la experiencia podremos construir acuerdos que aspiren a durar.
Darnos un espacio para experimentar significa reservar un conjunto de establecimientos para poner en práctica esa búsqueda.
No se trata de convertir a todo el sistema educativo en un laboratorio, sino de darnos un ámbito para experimentar con responsabilidad. Será más fácil reformar el conjunto si antes hicimos aprendizajes en la pequeña y mediana escala.
¿En qué pueden traducirse estas ideas? Por ejemplo, en un programa de siete años de experimentación institucional y pedagógica que involucre al diez por ciento de las escuelas y liceos públicos.
Así formulada, la idea deja abierta muchas preguntas. ¿Por qué siete años, en lugar de cinco o diez? ¿Por qué el diez por ciento de los establecimientos? ¿Y qué hacer con el resto del sistema durante ese tiempo?
Las respuestas breves a las dos primeras preguntas son: porque un lapso de siete años no coincide con ningún período de gobierno, y porque el diez por ciento de los establecimientos asegura una escala suficiente sin afectar al conjunto. En cuanto a la tercera pregunta, deberíamos definir un paquete de medidas básicas que permitan contener la espiral de deterioro mientras buscamos soluciones de fondo. Los alumnos de hoy no deben ser abandonados.