El espía de Dios

RUBEN LOZA AGUERREBERE

El azar, que suele hacer bien las cosas, hizo que los vinculara un verso de Browning. Así, finales de los años 60, la escritora Shirley Hazzard conoció en Capri, en el restaurante de Gemma, cerca de la plaza, a Graham Greene y a su compañera (su gran amor de entonces) Catherine Waltson. Shirley Hazzard estaba acompañada por su marido, Francis Steegmuller.

Desde entonces se encontraron en numerosas oportunidades en aquel lugar y, con esos recuerdos, Shirley Haz-zard (nacida en Sydney en 1931) escribió un seductor libro: "Greene en Capri" (Península/Océano). Se trata de un retrato vívido y agudo, del creador de "Greenlandia", de lectura irresistible, a cargo de una novelista que tiene bien ganada fama. Alto, un tanto desgarbado y con ojos azules llameantes, Graham Greene sentía gran admiración por el Padre Pío. Shirley Hazzard refiere que el novelista realizó numerosos actos de generosidad furtiva, ayudando a escritores necesitados, entre ellos Muriel Spark (a quien enviaba dinero sin que nadie lo supiera, en días de penuria) y al novelista indio R.K. Narayan.

Por cierto, había ganado fortunas con sus artículos, novelas, memorias y adaptaciones de sus obras al cine. Cabe señalar, por lo demás, que Graham Greene era un hombre a quien no le importaba en lo más mínimo el lujo y la presunción. A veces era casi tacaño. Sus austeros requerimientos, comenta la autora, los podemos ver en la espléndida novela de Greene "El fin de la aventura", que en el cine se llamó "El ocaso de un amor". Un buen amigo de todos ellos dijo cierta vez, hablando de Graham Greene, que: "Fueran las que fueran sus circunstancias, tenía siempre la facilidad de dar la impresión de que estaba alojado en alguna pensión y viviendo en posición precaria".

La literatura fue el placer más duradero y consistente de la vida del escritor inglés. Era el ámbito donde se encontraba enteramente cómodo, ya que éste le proporcionaba equilibrio, tranquilidad de espíritu y contactos con la realidad y el mundo de la fantasía. "Fue leyendo y escribiendo como disfrutó, desde la infancia, de una beneficiosa excitación y fue el terreno propicio para el desarrollo de su imaginación y de sus dotes…".

En su infancia le habían entusiasmado Kipling, Stevenson y Conan Doyle. Y solía contar que, en África, había leído "Guerra y paz" y señala que el impacto fue tan poderoso que: "Cuando lo terminé, pensé: ¿de qué sirve volver a escribir cuando alguien ha escrito esto?". Pero su disciplina de trabajo nunca flaqueó, aunque, a medida que pasaban los años, mostraba cada vez menos satisfacción cuando terminaba un libro, incluso cuando éste era bueno y bien recibido.

Una de las frases evasivas favoritas de Greene era: "me considero un católico agnóstico". Como solía recibir con desagrado las críticas de los intelectuales católicos hacia sus novelas, se mostraba orgulloso de las palabras que, en una audiencia privada, el Papa Pablo VI le había dicho, tranquilizándole: "Sus libros estarán siempre en contra de ciertos católicos. Pero eso no debe preocuparle a usted demasiado".

Nacido en 1904, Graham Greene falleció en 1991. Siguió el ritmo del siglo de manera desapasionada, pero nunca permaneció ajeno a sus convulsiones. Y por cierto, Capri, donde estaba su casa, era un buen lugar donde escribir. En ese espacio de acantilados, que había cobijado también a Henry James y a Rilke, el escritor inglés concibió algunas obras mayores. Esas que hoy trabajan por él.

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