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JUAN MARTÍN POSADAS
A fines de enero tuvieron lugar dos eventos internacionales de repercusión garantida. En la localidad suiza de Davos se reunió, como todos los años, la flor y nata de los economistas, banqueros, hombres de negocios, ministros y toda persona que pueda reclamar notoriedad en el mundo de las finanzas. Al mismo tiempo, pero no en una localidad fija sino variando año a año, se monta un contra-Davos.
A esta otra reunión concurren quienes se autodesignan representantes de los explotados por el capitalismo y exigen un sistema económico opuesto al que representan los concurrentes a Davos. Esta reunión tuvo lugar en Belem do Pará.
A la reunión de Belem asistieron Lula, Chávez, Lugo, Evo Morales, Correa y toda clase de organizaciones, desde etnias indígenas, los sin tierra y grupos afines: varios miles de asistentes. Se profirieron, como corresponde, toda clase de pestes contra el capitalismo, el liberalismo, el mercado y la globalización. Era lo esperado: la reunión se convoca para eso. Nota interesante: no concurrieron, a pesar de invitados, ni la Presidenta de Chile ni el Dr. Vázquez.
Lo asombroso del caso es que las críticas y denuncias contra el mercado, la globalización y las libertades financieras que se escucharon de boca de los circunspectos y bien trajeados concurrentes a Davos fueron más ácidas y vehementes que las oídas en Belem. Parece que nadie quiso quedar atrás en la crítica y la denuncia de la crisis para no quedar asociado a la debacle.
La reunión de Davos del año anterior -el lector recordará- fue toda de elogio a una economía mundial que caminaba a mil por hora; ahora todos buscan distancia: la derrota es huérfana, no tiene padre. Los discursos se dieron vuelta (como te digo una cosa, te digo la otra, ¿le suena familiar?).
Desde los años noventa -fecha en que empezaron las reuniones en Davos- el PBI mundial creció 170%, el de Asia creció 123%, el de África subsahariana 156% y el de América Latina 143%.
Esos son datos, esos son resultados del sistema. Lo que no se animaron a hacer en Davos es poner nombres, los nombres de los responsables del pufo, los nombres de los directivos de Fany Mae y Freddy Mac, de Merryl Linch, del City, del Lehman Brothers, de las aseguradoras, de la reserva Federal, Greespan y, finalmente, un tal Bush.
Es tramposo culpar al sistema para proteger a los amigos. Ningún sistema económico es inmune a los codiciosos, a los ligeros, a los promotores de ganancias rápidas y a la desidia cómplice de los controladores.
Es cierto que se ha desatado una colosal crisis mundial, de desenlace aún incierto, y eso no se puede tapar con los números de los resultados anteriores. Lo que no es admisible es que los doctores de Davos nos vengan a hablar del sistema y a alabar ahora al estado o a los controles que siempre criticaron. Las cosas no se van a arreglar conduciendo la economía al otro extremo. El simposio anti Davos de Belem sólo tiene denuncia, no tiene propuesta.
Lo que sucedió, la crisis que está sacudiendo al mundo, es un claro caso de lo que los griegos clásicos, quinientos años antes de Cristo, llamaron "hubris". Hubris quiere decir exceso, la soberbia arrogante. Eso está en el alma humana, no en un sistema económico.
Para los griegos allí se encuentra la semilla de toda tragedia. Lo que está faltando son liderazgos políticos capaces de mantener la economía y el funcionamiento de las sociedades dentro de encuadres éticos. No tanto sujeta a reglamentos sino a la moral.
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