DIEGO FISCHER
Era un típico matrimonio de turistas norteamericanos que promediaba los 65 años. Su colorida y poco combinada vestimenta los delataba. Él llevaba una cámara fotográfica profesional colgada al cuello; lo que me hizo pensar que la fotografía le significaba más que un hobby. Formaban parte de la legión de turistas que el pasado jueves llegó a Montevideo en el crucero Carnival y colmó las calles de la Ciudad Vieja.
La pareja caminaba con mirada atenta por Misiones; yo los observaba y seguía sus pasos desde la vereda de enfrente; íbamos en la misma dirección. Al llegar a Cerrito una escena les llamó la atención: un adolescente había detenido su carro a caballo de hurgador y paralizó el tránsito, mientras se zambullía en un contenedor de basura.
Tras una exclamación de la mujer, el hombre adoptó una posición de ataque propia de un reportero gráfico y comenzó a disparar su cámara. Durante varios minutos fotografió al muchacho que, sin escuchar los bocinazos de los coches y de los ómnibus, clasificaba en el mismo acto la basura que arrojaba hacia su carro, tirando el resto al medio de la calle. Luego que terminó y con la misma parsimonia que revolvió papeles, cartones y restos de comida, se subió a su medio de transporte y siguió viaje. Los turistas doblaron por Cerrito rumbo al Banco República; su conversación versaba sobre lo que habían presenciado. Era evidente que lo que acababan de ver los había sorprendido y de qué manera. Me quedé con la duda sobre qué les llamó más la atención: ¿ver a un joven revolviendo y revolviéndose en la basura?, ¿contemplar un carro a caballo arreado por un chico?, ¿mirar cómo un hurgador paraba el tránsito a mitad de tarde en pleno centro financiero de la ciudad?. Tal vez haya sido todo. Bien dicen que la mirada de un extranjero -muchas veces- nos hace ver cosas que, por formar parte del paisaje cotidiano, no miramos.