Andrés Arocena

RODOLFO SIENRA ROOSEN

La politización de la justicia es uno de los peores males que puede sufrir un país. Los uruguayos no padecemos de esa enfermedad. Nuestro Poder Judicial goza de un prestigio bien ganado al que no afectaron desviaciones intencionales o de gravitación insensible -los Jueces son hombres, no semidioses- que se puedan sospechar de algún fallo.

Desde otro ángulo se habla de la judicialización de la política, del afán de llevar a dirimir el debate propiamente político en el ámbito judicial.

Son dos caras de una misma moneda, y suele ser esto último lo que genera el peligro de lo primero.

Sucede que en un sistema jurídico penal como el nuestro en donde sigue vigente el delito de "abuso de funciones" incluido en el capítulo de delitos contra la Administración Pública del Código Penal, -que es de carácter residual, porque castiga conductas no comprendidas en las demás figuras y cuyo verbo nuclear es el proceder "arbitrario" del funcionario- el margen para subjetividad del Magistrado es demasiado amplio. Es este un defecto gravísimo de nuestro derecho. La norma represiva, por definición, debe ser concreta en la tipificación del proceder punible, y a su vez, la interpretación judicial necesariamente debe ser restrictiva. En el campo de la conducta funcional no reglada, no es sencillo distinguir la arbitrariedad, concepto que comprende la finalidad espúrea del acto o de la omisión, de la discrecionalidad, que no es ilegítima. La distinción es tan afinada que lo que un Magistrado puede interpretar de una manera, otro puede llegar sin mayor esfuerzo a una conclusión diferente.

Por ello muchos funcionarios públicos, jerarcas, que ocupan cargos políticos relevantes, han sido procesados por la justicia penal e incluso han ido a la cárcel. Varios de ellos, son y han sido personas de bien a carta cabal.

Hoy nos vamos a referir al caso de Andrés Arocena, que fuera procesado bajo esta imputación en su gestión como Intendente de Florida, quien al poco tiempo de recuperar su libertad, falleció el 11 de enero pasado, por lo cual el proceso no tendrá sentencia.

No interesan detalles del caso, pero el haber conocido a Andrés, es suficiente para que podamos asegurar su inocencia. Familiares suyos nos decían que desde que fue procesado había perdido su socarrona característica sonrisa. Lo acreditamos. Pero esa sonrisa la recuperó su rostro después de muerto. Pocos días antes, Andrés iba a decir un discurso que luego sustituyó por una improvisación, pero el discurso quedó escrito. En síntesis, reproducimos lo sustancial: "He aprendido a callar para aprender, para escuchar, para mirar, para callar, para sentir el silencio de los actos solemnes, de las iglesias. Ese silencio capaz de convertirse en llanto y que es más difícil de manejar que las palabras, en mi caso duró un año, pero me gritaba todos los días una frase de tan solo dos palabras. SOS INOCENTE… Salgo de este lío sin rencor, sin odio, sin espíritu de venganza. Así se dieron las cosas y hay que afrontarlas…"

Esperaba el resultado del proceso judicial. Pero quienes seguimos el proceso de su vida, tenemos la convicción de su inocencia, que su ética nunca fue mancillada, y que su ejemplo de bonhomía y honestidad le abrieron las puertas del Cielo en donde lo esperaba Malena para instalarlo en el sitio de los grandes.

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