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Leonardo GuzmÁn
Azzini, una historia uruguaya" me llegó hondo. Lo escribió Graziano Pascale, ciudadano que como abogado y periodista conoció la Justicia Militar de la dictadura; y tuve el honor de bien saberlo.
Pascale retrató a Juan Eduardo Azzini como hombre sin más bagaje que la independencia personal y lo nítido de su pensar técnico y humano; y eso es prenda de grandeza.
Pero aun más, caló en mí el concepto con que concluye el libro: "Corremos el riesgo de perder una generación entera, porque los niños están saliendo de primaria con faltas de ortografía y de redacción, y con grandes carencias en aritmética. En Secundaria se hace la vista gorda; y todo el problema se traslada, sin haber sido solucionado, a la Universidad."
Azzini fue, desde 1959 a 1963, Ministro de Hacienda. Tuvo el mérito de terminar con los cambios múltiples y unificar al país tras una Reforma Cambiaria y Monetaria que nació por terremoto político pero perduró. Tuvo el valor de enfrentar la crítica con la paz de conciencia que dan las convicciones. Fue en su tiempo que se consolidó la disciplina económica. Fue con su firma que se creó la CIDE, que, presidida por un joven contador llamado Enrique Iglesias, en 1964 emitió un inolvidable diagnóstico que vio la luz en cuatro tomos mimeografiados.
Es, pues, un hombre de números y de economía este Cr. Azzini que a los 90 años nos reclama mirar a la educación y la cultura y denuncia que si no mejoramos la formación, hemos de rifarnos el destino.
A quienes fuimos al liceo y la Universidad en los 50 y 60, no puede sorprendernos. Recuerdo cómo aquel gran ciudadano que fue Eduardo Acevedo Álvarez, años después de irse (1955) del Ministerio de Hacienda se preocupaba al detalle por la sintaxis y se interesaba cada vez más por las biografías ejemplares, igual que Azzini por la historia y los contextos sociológicos. Recuerdo que era matemáticas y filosofía lo que enseñaba a la vez Malba Tahan en "El hombre que calculaba" en la versión que uruguayizó el Ing. Mario Copetti…
Pero en nuestro país desde hace un siglo cundió la contraposición de humanismo y cultura versus vida práctica e interés material.
No nació en el Uruguay sino en la Europa del siglo XIX, como fruto del positivismo y el materialismo histórico y creció en el XX con el freudismo y algunas corrientes del existencialismo. Injertado todo eso en la pereza por lo teórico -muchas veces disfrazada de desprecio-, el avance de la ciencia económica en la segunda mitad del siglo XX en el Uruguay se hizo sin sembrar la pasión ni por los números ni por las letras.
Con eso se nos cayó la gramática y la aritmética, como bien apunta Azzini, pero también su matriz común, que es la lógica, según demostraron Bertrand Russell y Alfred N. Whitehead. Y con ella, se nos debilitó la capacidad colectiva de abstraer conceptos, función sin la cual se podrá describir superficialmente pero no se logrará profundizar ni en Derecho ni en tecnología ni en calidad de los debates públicos.
Con metafísica o sin ella, el mundo reconcilió, desde distintos fundamentos, los grados de saber del humanismo y los de las ciencias y las técnicas. Nosotros no podemos permanecer divididos. El economista no puede ignorar la lógica del número y el concepto, ni los resortes del ánimo y la voluntad, sin los cuales no hay empresario ni trabajador. Hoy, cuando quien denuncia nuestra pobreza educacional es un nombre alto en la vida económica del Uruguay, oigámosle antes que sea más tarde aún.
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