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En una América Latina pródiga en largas y feroces dictaduras, la de los Castro en Cuba, que cumplió medio siglo de existencia, se lleva las palmas. Autoritarismo, censura, intolerancia, falta de libertades esenciales y de elecciones democráticas, son trazas de un gobierno que mantiene encarcelados a centenares de opositores y presos de conciencia. A cuenta de antiguos -que no actuales- avances en salud y educación, la revolución cubana sumió al pueblo en la pobreza y lo condenó a ser esclavo de una burocracia mediocre y atrasada.
En medio siglo, un millón y medio de cubanos lograron zafar de ese yugo, muchos de ellos arriesgando sus vidas en precarias naves para llegar a la costa estadounidense.
Ese flujo de evadidos de la gigantesca prisión isleña continúa hasta hoy de modo incesante como pudimos verificar hace poco cuando uno de los médicos enviados de Cuba a nuestro Hospital de Ojos optó por permanecer aquí, "porque en Uruguay hay libertad", según declaró.
Algunos dicen que Fidel Castro, como el "Tirano Banderas" que imaginó Valle Inclán, sigue mandando desde su lecho de enfermo, en tanto que su hermano Raúl, al filo de los ochenta años, actúa de simple marioneta. Tal vez así sea, pero lo más probable es que el poder decisivo en Cuba lo detente la "nomenclatura" de privilegiados, entre militares y altos funcionarios del partido comunista consolidados como paladines del régimen.
Hecho desde Uruguay, un balance de la revolución cubana no puede ignorar el grave daño que nos infirió. El propio Fidel Castro reconoció que nos exportó la idea de la guerrilla que un grupito de iluminados aceptó alegremente para asaltar el poder. El castrismo financió, entrenó, armó y reclutó tupamaros al despuntar los años sesenta cuando quiso incendiar el continente con su teoría de la violencia. No lo consiguió, pero engendró dolores y penas por doquier que nos golpearon duramente.
Y por si fuera poco, en materia comercial también debimos soportar su desfachatez cuando nos dio el esquinazo a la hora de pagarnos la carne y los lácteos que le vendimos.
Pero como dice el refrán, no hay mal que dure cien años...
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