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Mariano Grondona
Según Heidegger, nacemos endeudados porque no hemos hecho nada para merecer la bendición de la vida. Nacemos "en rojo". A partir de esta comprobación existencial, algunos deciden admitir su "deuda original" y tener, por consiguiente, una conciencia, mientras otros deciden ignorarla. Pero aún para aquellos que han decidido tener una conciencia no es fácil distinguir el bien del mal porque, según Max Weber, en el interior de la conciencia luchan dos morales.
La primera de ellas, que Weber llamó "moral de la convicción", nos insta a actuar según nuestros principios con prescindencia de las consecuencias prácticas que resulten de esa decisión. Pero la segunda de ellas nos insta en cambio a prever esas consecuencias prácticas hasta el punto de desconocer nuestros principios si su aplicación resultare inconveniente. Weber la llamó "moral de la responsabilidad". Mientras los filósofos y los teólogos se inclinan generalmente por la moral de la convicción, entre los políticos y los hombres prácticos suele predominar la moral de la responsabilidad.
Esta distinción nos introduce en el drama personal que acaba de vivir Tabaré Vázquez. El bloque de los legisladores del Frente Amplio, su bloque, venía de imponer por mayoría la despenalización del aborto. Pero Vázquez siempre sostuvo que la vida comienza en el momento de la concepción y que el aborto, por consiguiente, se parece demasiado a un infanticidio.
La moral de la responsabilidad, de la conveniencia, inclinaba a Vázquez a promulgar la ley que habían votado sus compañeros de bloque, quienes después de todo han sido y continuarán siendo sus camaradas, sus amigos políticos. Su convicción personal apuntaba, sin embargo, en dirección contraria. ¿Qué hizo entonces el presidente uruguayo? Vetó la ley, coincidiendo de esta manera con la oposición en manos de los "blancos", del Partido Nacional, ya no en nombre de su conveniencia sino en nombre de su convicción, y actuando de este modo más como un filósofo que como un político.
Algunos de sus críticos sostienen que, al obrar así, Tabaré se ha dejado llevar por cierta tosudez en la defensa de sus principios, actuando por lo tanto de una manera irracional. Pero otra vez Weber viene en cierto modo en su auxilio porque observó que hay, asimismo, dos racionalidades. Una, la racionalidad "de fines y de medios", procura que los medios se ajusten a los fines. Su meta es, simplemente, la eficacia. Pero también hay para el sociólogo alemán otra racionalidad, la "racionalidad según valores", que verifica si los fines en sí mismos responden a principios, a valores, más allá de la geometría de la eficacia.
Estamos acostumbrados a analizar las acciones de nuestros políticos según sean eficaces o ineficaces con miras a lo que se supone que ellos buscan compulsivamente en su sempiterna lucha por el poder. Por eso nos golpea en la cara, como un viento fresco, lo que acaba de hacer Tabaré.
Es que mediante su veto nos ha enseñado que aún en un ambiente donde el cálculo parece presidirlo todo, la conciencia personal, ese íntimo recinto donde nos quedamos solos frente al espejo, tiene algo que decir.
Después del veto de Tabaré, por supuesto, tanto él como sus amigos y sus opositores seguirán actuando habitualmente según la racionalidad de fines y de medios, según la moral de la responsabilidad, porque eso es a lo que nos tienen acostumbrados y eso es, además, lo que muchas veces corresponde. Ahora sabemos, empero, que hay islas, que hay respiros, donde la política asciende a otro nivel. Así lo ha reconocido hasta el líder opositor Luis Alberto Lacalle, quien tuvo la nobleza de aplaudir por su parte el gesto de Tabaré. A la vista de esta excepcional coincidencia, es la política uruguaya como tal la que nos ofrece su ejemplaridad, una ejemplaridad doblemente significativa para los que vivimos del otro lado del Río de la Plata por la sencilla razón de que a los uruguayos, por un misterioso designio de la Providencia, la patria les queda más cerca.
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