SAN PABLO | NELSON VICENTE
La lluvia fue la invitada sorpresa; los neumáticos jugaron un papel protagónico en el desarrollo de la carrera; la tensión ganó los espíritus en los boxes de McLaren y Ferrari, y la "torcida" brasileña llegó con ilusión, tuvo dos minutos de gloria y se marchó de Interlagos con una gran frustración.
Una victoria impecable pero triste, amarga -casi una burla-, obtuvo el brasileño Felipe Massa, pues lo más alto del podio no le bastó para impedir la celebración de Lewis Hamilton, campeón con un quinto puesto.
Sería injusto decir que Hamilton es campeón mundial sólo gracias a la suerte y a la desgracia ajena, pues el inglés tuvo la virtud enorme de saber subordinar su instinto al raciocinio con tal de lograr su objetivo.
En medio de charcos sobre el pavimento, el inglés evitó cuidadosamente todo contacto y, tras el ingreso del auto de seguridad por un accidente múltiple poco después de la largada, se ubicó en séptimo lugar.
Hamilton guío sin errores, a lo largo de toda la prueba, pero un nuevo aguacero en el final cargó de tensión a Interlagos y sus boxes, pero la lógica no fue quebrada por el percance.
El británico demostró que maduró, pues el año pasado en el mismo trazado con la misma diferencia a su favor, echó todo por borda al errar en una acción.
Cuando el final estaba cercano, los rostros en los boxes de Ferrari y McLaren eran un poema.
La novia y el hermano de Hamilton estaban junto al team de la escudería británica, con los ojos fijos en el monitor cuando Massa cruzaba la bandera a cuadros y el inglés no podía adelantar a Timo Glock, que iba quinto.
Cuando lo logró, se oyó a Ron Dennis, el patrón de McLaren, desahogar su tensión con un resoplido: "Tuvimos uno de los finales más emocionantes de la historia" de la Fórmula 1", dijo. "Y McLaren hoy no hizo tonterías", concluyó.