"Interrumpimos esta trasmisión..."

Antonio Mercader

Hace setenta años, el 30 de octubre de 1938, un joven actor y director teatral, Orson Welles, produjo la emisión radial más famosa de todos los tiempos. El uso del "efecto realidad", estrenado en ese programa, ensanchó los horizontes de la radio y preparó el camino para su uso político en los albores de la segunda guerra mundial. El experimento de Welles mostró que la radio podía manipularse y alcanzar una descomunal influencia sobre el público, un poder que haría eclosión poco después.

Welles hizo un experimento que aterró a los estadounidenses cuando simuló una invasión de marcianos en las playas de Nueva Jersey. Para ello se sirvió de un texto clásico de ciencia ficción, "La guerra de los mundos", de H. G. Wells, actuado ante los micrófonos de la CBS por su compañía, el Mercury Theatre, en donde se narraba la llegada de los extraterrestres.

La ocurrencia de Welles consistió en intercalar despachos noticiosos en la trasmisión, el primero de los cuales describía una lluvia de meteoritos en las cercanías de Nueva York ("¡Interrumpimos esta trasmisión para ofrecerles un boletín oficial!").

El segundo corte del radioteatro horrorizó a la audiencia. Un supuesto periodista, desde una granja en Nueva Jersey, con voz temblorosa reveló que los meteoritos no eran tales:

-"...es lo más horrible que he visto en mi vida... desde el agujero negro nos enfocan dos discos luminosos, tal vez sean un par de ojos, tal vez una cara... Dios mío, algo sale deslizándose entre las sombras igual que una serpiente. Hay otro, y otro, y otro más. Tienen un aspecto que yo diría que son tentáculos... Un momento... ahora veo el cuerpo entero de la criatura. Es grande como un oso y reluce como un charol..."

Se estima que la audiencia era de seis millones de personas, de las cuales al menos un millón creyeron que sucedía algo catastrófico. Hubo ataques de nervios, algún accidente de auto y varios nacimientos prematuros, aunque no suicidios ni escenas de histeria colectiva como se denunció después.

A ese engaño monumental contribuyó el astuto montaje de Welles quien seleccionó a un locutor profesional que hizo las veces de periodista empleando el tono emotivo y contundente típico de los informativos. Hubo también un buen manejo de los tiempos, con paréntesis de silencio o una prolongación inexplicable de los interludios musicales que hacía pensar que los marcianos se agolpaban en las puertas de la CBS.

La orquesta de Ramón Roquello, como era habitual, amenizaba la velada con música en vivo. Un dato para uruguayos: de los cuatro temas elegidos, el segundo era La Cumparsita, el tango de Gerardo Matos Rodríguez por entonces en boga en Estados Unidos. Pero ni la calidad musical ni la obra teatral constituían el imán que mantuvo al público pendiente de la emisión durante casi una hora. Las estaciones de policía y bomberos quedaron abarrotadas de personas que pedían explicaciones o se ofrecían para "detener esas horribles cosas".

El programa radial terminó a las nueve en punto de la noche cuando un locutor informó con tono impersonal que el Mercury Theatre había irradiado una adaptación de la obra de Wells e invitaba a escuchar el siguiente programa. La calma volvió poco a poco cuando se supo que todo había sido puro teatro. A la mañana siguiente el rostro de Orson Welles estaba en la portada de los grandes diarios como responsable de "la patraña que puso los pelos de punta a la nación".

La reacción inicial de cólera contra el director de la compañía llegó acompañada de amenazas de pleitos y un pedido de las autoridades a los medios para que evitaran "las técnicas de simulación de noticias en obras dramatizadas". La estrella de Welles pareció declinar, pero fue sólo por un momento. Su fama aumentó y pronto Hollywood le propuso un contrato millonario que sería la base de su carrera de aclamado actor y director de grandes películas, entre ellas "Ciudadano Kane".

Años después, un experto en comunicación, Marshall McLuhan, definió a la radio como un "medio caliente y envolvente, gatillador de pulsiones colectivas". Según él, la radio afecta a la gente "de una forma muy íntima, de tú a tú", con "profundidades subliminales cargadas de los cuernos tribales y de los antiguos tambores". Según McLuhan, el programa de Welles fue "una sencilla muestra del alcance inclusivo y envolvente de la imagen auditiva de la radio", y de su capacidad de agitar viejos fantasmas y de remover oscuros temores.

El experimento de Welles no pasó desapercibido en aquellos tiempos de conmoción mundial. Un medio que había probado su capacidad de crear una situación de pánico colectivo también podía servir para fanatizar a la gente y alistarla a favor de las causas más descabelladas. Meses después, a través de la radio sonarían los tambores de guerra, preludio de un conflicto bélico a escala planetaria que poco tuvo de teatral.

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