Dignidad del adulto mayor

María Julia Pou

Días pasados tuvimos la oportunidad de visitar en Buenos Aires dos centros ejemplares donde los adultos mayores de la comunidad judía argentina pasan sus días. Dos instituciones que marcan -a nuestro criterio- un camino de dignidad y calidad de vida de quienes allí se congregan.

Nuestra primera visita fue al Hogar LeDorVaDor adecuado nombre que en hebreo significa "de generación en generación", es decir, nos adelanta que en ese lugar se vela por los que nos antecedieron y se proyecta la calidad de vida que se desea para los que vendrán. Queremos hoy mencionar algunas impresiones que allí nos impactaron.

Desde la entrada se respira un ambiente fresco y se disfruta de una luminosidad que evoca la vida, se ven caras sonrientes y visitantes que acuden a dar compañía y cariño a sus seres queridos que allí "viven" una etapa de la vida en forma digna y hasta placentera.

El lugar está pensado como una pequeña ciudad con su bar, su peluquería, su pequeña tienda y por allí transitan los internados disfrutando de las opciones que se les brindan.

A medida que avanzamos en la visita del Hogar comprobamos que allí realmente se vive: algunos asisten felices a la musicoterapia mientras otros realizan laborterapia y retoman o se inician en manualidades. El hogar también pensó en las visitas menudas -tan esperadas- y exhibe en un patio hamacas y toboganes que son una apelación a los menores y un motivo de satisfacción para los abuelos. Finalmente de la mano del director -Samuel Senderovsky- asistimos a la presentación de un coro de niños de un jardín de infantes que ese día alegraban a los asistentes.

Es necesario destacar que en el hogar conviven quienes pueden solventar sus gastos con quienes cuentan con la solidaridad de su comunidad y en todos los casos la atención es exactamente la misma. En el inicio de este proyecto estuvo la mano de la Fundación Weinberg que fue seguida por los generosos aportes de algunas familias de la colectividad. Al despedirnos de los responsables del hogar recordamos las palabras con que se sellarían los brindis al festejar el nuevo año: lejaim -la vida- porque en ese hogar sí que hay vida!

Cerca del mediodía visitamos la AMIA, institución que reúne distintas asociaciones israelíes de la Argentina. Impactante fue entrar al nuevo edificio construido luego del atentado de 1994 en un episodio que todavía espera su aclaración. Nos recibió allí Gonzalo Abramovich junto a quien observamos la escultura kinética que en el patio da la bienvenida a los visitantes evocando "mezuzá".

Pero fue adentro de la nueva sede donde encontramos el verdadero espíritu de solidaridad que sabíamos nos esperaba allí: el hogar diurno de la AMIA es un espacio adonde los adultos mayores tienen la posibilidad de socializar, compartir almuerzos, escuchar música y sentirse cuidados.

Pero a esta realidad se agrega otra no menos importante: se imparten en la institución cursos para profesionales en el tema gerontológico al que tienen acceso gente de otros países y también se educa gente para poder atender a sus propios familiares con discapacidades.

Al final de las visitas una conclusión: se puede -por lo tanto se debe- dar a los adultos mayores una vida digna.

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