VÍCTOR H. MORALES
Aliviados. Es una de las palabras que probablemente definan el sentimiento de los jugadores al final del partido. Los argentinos porque ganaron. Los uruguayos porque todo había empezado con la proa hacia el abismo de una goleada. Serenos ante el hecho consumado, casi todos sanos después de la paliza que se propinaron, el saldo tenía aristas positivas, si de los protagonistas se trata.
La Argentina, como la lluvia previa al partido, fue eficaz y breve. El paño negro que envolvía la tarde, era tan amenazante como los dos goles de los dos primeros ataques en apenas un cuarto de hora. Pero los pronósticos que se hicieron entonces sobre la cantidad de goles que soportaría Uruguay quedaron suspendidos como el vapor que emanaba de los charcos.
El equipo de Tabárez no se juega la clasificación en sus visitas a Brasil y Argentina. Es a Colombia, Bolivia, Ecuador, Perú y Chile que debe arañarles los puntos decisivos. Es mucho más grave el empate con Ecuador o Venezuela en el Centenario que la derrota del sábado, avalada por la lógica. Grave hubiera sido caer por cinco goles, porque semejante resultado hubiese entrado a la cancha frente a Bolivia. Además, si solamente Uruguay considerara la existencia del segundo palo en los centros cruzados, la selección de Basile se quedaba sin goles.