La vida después de la caída

Alvaro Casal

Empezó a desparramarse la crisis económica con epicentro en Estados Unidos y mucho se habla de cifras, de empresas que tiemblan, de auges y caídas. Poco del factor humano. Pero al fin de cuentas, ¿qué es lo más importante que afectan las crisis? ¿No es la humanidad? Y las crisis mismas, ¿no son desatadas en gran parte por impulsos humanos?

Todo esto lleva a evocar otras crisis y en particular la estadounidense de 1929, cuyos coletazos llegaron, con cierta demora, a Uruguay.

John Steinbeck, autor de la memorable "Viñas de ira", vivió 1929 y lo que siguió. Cierta vez escribió una evocación personal: "Para los que han olvidado cómo fue… Para los que son demasiado jóvenes para saber…"

Steinbeck vivía en un pequeño pueblo, "escribiendo libros que nadie compraría." Es decir, que era un "outsider", un verdadero observador privilegiado que dice cosas así: "Recuerdo el 29 muy bien. Lo habíamos logrado (yo no, pero la mayor parte de la gente sí). Recuerdo las caras felices de la gente que hizo fortunas de papel con acciones que no podían haber pagado. Decían: "Hice diez mil dólares en diez minutos hoy. Veamos, eso es ochenta mil a la semana."

Después, un día, sobrevino la caída y Steinbeck recuerda a los "Grandes", diciendo cosas como éstas: "Es un traspié natural." "No teman, compren, sigan comprando." Mientras tanto ellos vendían y el mercado cayó.

"Entonces vino el pánico y el pánico pasó a ser shock. Cuando el mercado cayó, las fábricas, minas y acerías cerraron y luego nadie podía comprar nada, ni siquiera comida. Los diarios hablaban de tipos arruinados saltando de edificios… El tío de un amigo era muy rico. De siete millones su riqueza bajó a dos millones en pocas semanas. Pero eran dos millones cash. Se quejaba de que no sabía cómo iba a comer, se redujo a un solo huevo para el desayuno, se le hundieron las mejillas y su mirada se hizo febril. Finalmente se pegó un tiro. Calculó que se moriría de hambre con dos millones."

El escritor evoca que entonces la gente se acordó de sus pequeños ahorros en los bancos y fueron a retirarlos. Pero los bancos cerraron sus puertas y hubo tumultos y miedo. Del presidente Hoover indica que "su ineptitud con las palabras era genial". Y Hoover seguía diciendo cosas como ésta: "La prosperidad está a la vuelta de la esquina".

La salida de la crisis iba a demorar unos cuantos años. Entretanto, la gente como Steinbeck arañaba una existencia precaria. Él se consideraba privilegiado porque estaba en California donde no pasaba mucho frío. Tenía una pequeña huerta y el mar donde pescar y recoger madera para quemar. Sin embargo fue duro. Muy duro.

Releyendo a John Steinbeck recordé que yo no viví ni siquiera los coletazos locales de aquella crisis. Pero sí registré de niño ciertas cosas que sobrevivían muchos años después. Costumbres engendradas en años difíciles. Cuando las sábanas se gastaban, había gente que las cortaba al medio y unía los costados más sanos. Cuando los trajes se erosionaban, había sastres que los daba vuelta dejando un ojal de solapa invertido, como único delator de la operación secreta. Y cuando los autos se rompían, llegaban a ser permutados por una bicicleta.

Así habían sido esos viejos tiempos. Duros. Muy duros. Ojalá nunca vuelvan.

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