Un premio para el gran creador italiano

JORGE ABBONDANZA

En el último festival de Venecia le entregaron un León de Oro por el conjunto de su carrera al realizador italiano Ermanno Olmi. Para demostrar que a los 77 años no ha perdido el buen humor, Olmi sonrió y dijo que al recibir un premio por toda su trayectoria no sentía un halago, sino la sensación de que esa carrera había terminado. De hecho, este año anunció que ya no dirigirá más películas de ficción. Al margen de la cordialidad con que hizo frente a las ruedas periodísticas del festival, Olmi sigue siendo (desde hace décadas) una de las personalidades más extraordinarias del cine occidental, un creador aislado y único que sólo entrega sus obras al mercado luego de dar el toque final a un montaje que realiza personalmente, sin interferencias ajenas. Por no permitir que otras manos toquen ese material, el cine que hace tiene una aureola de integridad y de pureza incomparable entre los maestros de estos últimos tiempos.

Un público exigente ha aprendido a admirar a Olmi a través de grandes películas como El árbol de los zuecos, La leyenda del santo bebedor, Larga vida a la señora o El oficio de las armas. Cuando le entregaron el trofeo en Venecia se dijo que su cine "hizo de la sabiduría campesina, de la humildad y la mansedumbre un rasgo distintivo de carácter". Pero lo fantástico de Olmi es que sus historias van mucho más allá de los sucesos humanos que muestran. Apuntan al espíritu que se agita por detrás de esos hechos materiales, e invaden así una esfera impalpable a la que el cine no suele llegar y en la que sus películas sólo resultan comparables a las de Robert Bresson o Andrei Tarkovski. Por debajo de los peones rurales de El árbol, del vagabundo solitario de La leyenda, de los dóciles sirvientes de Larga vida o los guerreros renacentistas de El oficio, Olmi ha retratado a los humildes y los mansos para ilustrar cómo hacen frente a la degradación, el sacrificio, la servidumbre o la cercanía de la muerte.

El sentido de la vida -y de las relaciones con los demás- cobra así un alcance perforador que cae desde sus películas sobre la platea como un manto de revelaciones y obliga al público a verlas con un grado de atención inusual, para poder ingresar en su entraña con una disposición de ánimo similar a la que Olmi entrega para que esa sustancia se abra desde lo profundo y quede expuesta a la comprensión del espectador. Esa atención supone un esfuerzo desacostumbrado en la relación del público con un cine comercial habitualmente epidérmico y sencillo, de manera que su vínculo con las obras de Olmi se ubica en otro plano de exigencia, lo cual explica que este realizador no figure en las alturas de popularidad, de fama ni de aclamación que han acompañado a otros eminentes compatriotas, desde Visconti o Fellini hasta De Sica, Antonioni o los Taviani.

Porque el universo de Olmi es un tejido más secreto, una estética menos espectacular, un campo de acceso menos fácil. Pero cuando la sensibilidad del espectador se deja llevar hasta el centro de sus ideas, el resultado es una emoción sin par, una experiencia que forma parte de los deslumbramientos de la intimidad, como sucede con la lectura de Proust, la onda musical de Bach o la contemplación de la pintura de Morandi. Ni más ni menos.

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