Mitos y realidades

Toda sociedad humana tiene una tendencia morbosa a desfigurar, engrandeciéndola, la realidad de su pasado. Así se define la mitomanía y ningún pueblo es ajeno a ella porque, obviamente, nadie se resigna a creer que sus orígenes son insignificantes. Por ello, vinculan su nacimiento a dioses, semidioses y héroes que, de alguna manera, trasmitirían a sus descendientes sus mejores cualidades. Es lo que hicieron, por ejemplo, los griegos y los romanos. Esta propensión adquiere otra forma cuando, en naciones relativamente modernas no se puede acudir a versiones fabulísticas pero, sí, a hechos y personajes rayanos en el summun del heroísmo y de la perfección.

Todo ello resulta positivo y hasta necesario porque ayuda a dotar a la vocación nacionalista de una faceta que apunta a hacerla digna de ese pasado y a reflejarla en su modo de ser actual. Mucho más riesgoso para el culto de la verdad resulta el mito que se crea en torno a un episodio reciente que, como tal, está sujeto a críticas por parte de los testigos directos del mismo.

Es el caso, en particular, de la muerte del presidente chileno Salvador Allende. La primera versión que surgió al atacar los militares al Palacio de la Moneda fue la que más perduró: Allende habría muerto heroicamente en combate. Pero, al mismo tiempo, cundía otra versión de los hechos, la de la Junta Militar: Allende se habría suicidado. Sin embargo, al día siguiente de los sucesos, el 12-IX-973, la agencia France Press propaló otro punto de vista muy diferente, recogido de inmediato por Le Monde: Allende habría sido asesinado por un miembro de su guardia personal cubana porque quería pedir a los militares un cese del fuego por cinco minutos a fin de rendirse.

Son tres visiones distintas y contradictorias: una forja el mito de la heroicidad de Allende; otra destaca su irreductibilidad y su condición humana ante lo inevitable; la última, a su vez, sugiere miedo, desesperación y una trama oscura. ¿Cuál es la verdadera? Por Internet se están difundiendo detalles asombrosos en apoyo de la tercera versión. Todos ellos proceden de una investigación periodística hecha por Alain Ammar y publicada por la editorial Plon bajo el título "Cuba Nostra, les secrets d`Etat de Fidel Castro".

Dicho en otras palabras: Patricio de la Guardia, Jefe de los servicios de inteligencia castristas en el Palacio de la Moneda -obedeciendo órdenes de F. Castro, que ya no confiaba ni en Allende ni en su entorno- habría ametrallado al primer mandatario y le puso un fusil entre las manos para hacer creer que había resistido a sus atacantes. El libro de Ammar basa sus afirmaciones en las declaraciones de dos agentes cubanos que, en La Habana y en dos oportunidades distintas, cada uno por su lado, oyeron a Patricio de la Guardia relatar los hechos que protagonizó.

Se reitera, pues, la pregunta: ¿Dónde está la verdad? ¿Hasta dónde el interés partidario o ideológico mitifica y hace admirar exageradamente, o menoscabar, a sucesos y personas?

En la misma década de los hechos precedentes, ocurría algo similiar en nuestro país: un gobierno de facto -con todos los excesos inherentes a una dictadura militar- ponía fin a un largo período de acciones subversivas de tupamaros y afines. También entre nosotros iba a nacer un mito: el de que los insurgentes marxistas luchaban contra fuerzas golpistas, que eran defensores de las leyes y de los derechos humanos y que todo ataque contra ellos representaba una intentona de ahogar el grito de libertad del pueblo.

Por ende, los muertos y desaparecidos en esa lucha se transformaron en víctimas de una represión y se visualizaron en retratos que se siguen exhibiendo, y no, en cambio, como muchos fueron, autores de acciones criminales, incluida, por supuesto, la conspiración y el levantamiento armado contra un gobierno legítimamente constituido. ¿Qué dirían esas farisaicas víctimas si lo que ellas hicieron ayer lo hicieran hoy los opositores al gobierno democrático que nos rige? ¿Qué dirían los actuales ministros, legisladores, etc. del Frente Amplio si grupos adversos robaran armas, coparan una ciudad, asaltaran, extorsionara, asesinaran y dinamitaran?

Por cierto, el Uruguay no se encaminará decididamente hacia un destino acorde con sus tradiciones y sus recursos humanos mientras no eliminemos estos mitos retrógrados que, lamentablemente, y para peor, se intenta perpetuar inculcando una historia oficial sesgada, aún en las aulas de Primaria.

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