El terror diabólico

RUBEN LOZA AGUERREBERE

El 11 de septiembre de 2001 cambió el siglo XXI. Fue un impacto emocional, único. A partir de aquel día el mundo que habitamos es otro. Y, a propósito de ello, sin embargo, poco se ha escrito.

Me refiero, naturalmente, a los libros que valgan la pena. Libros que importen. Es por ello que, en tal sentido, hay que recordar una obra maestra como es el libro de Don DeLillo, uno de los mayores escritores americanos de hoy, titulado "El hombre del salto", quien, anteriormente a esta publicación, había dado a conocer un libro de ensayos titulado "En las ruinas del futuro" (Circe).

En estas páginas hace una breve pero intensa reflexión sobre ese día de terror diabólico. Y en ellas analiza los aspectos sobre la devastación física y emocional de aquella agresión contra la libertad.

Pocos días después de que los aviones pilotados por terroristas se embutieran en las torres gemelas del World Trade Center, provocando miles de muertos, Don DeLillo visitó el lugar del desastre. Y escribió de ello, procurando sintetizar las emociones del momento y realizando descripciones precisas de los hechos de dolor y de las víctimas de aquella jornada de terror, a la que define diciendo: "Cuando decimos que algo es irreal, queremos decir que es demasiado real".

Comenta Don DeLillo, a propósito de los terroristas islámicos, que: "el Apocalipsis no tiene lógica, y ellos han traspasado los límites de cualquier desquite motivado por la pasión. Aquí se trata -dice- del cielo y del infierno".

Y describe momentos del horror. Lo cito: "Los teléfonos móviles, los zapatos, los pañuelos aplastados contra los rostros de hombres y mujeres que corren. Los cúters de sobremesa y las tarjetas de crédito. Los papeles que salieron despedidos de las torres y atravesaron el río volando hasta los patios de Brooklyn: informes financieros, currículos, fórmulas de seguro... Hojas de papel incrustadas en el hormigón, según algunos testigos. Papeles que rebanan los neumáticos de los camiones y permanecen allí encastrados".

Sabemos que los innumerables lugares de auxilio estaban vacíos, sólo los médicos y enfermeros esperando pacientes, porque casi todos habían muerto. Sabemos que hubo gente que buscó a otro, hombre o mujer, para saltar al vacío tomados de la mano. Los terroristas sólo entendieron la naturaleza de la tecnología como algo destructivo, y entonces la utilizaron para matar. Asistimos, desde el 11 de septiembre, a la guerra entre el pasado y el futuro. Así, un estado desprovisto de fronteras, teocrático global, que es tan obsoleto que depende del fervor suicida, y el mundo libre y democrático, están enfrentados. Tras la tragedia, la gente necesitaba algo más para a encontrarse a sí mismos. Y no puedo dejar de citar, una vez más, al mismo escritor, pero esta vez tomando un pasaje de "El hombre del salto": "Escribieron sobre los aviones. Escribieron sobre dónde estaban cuando ocurrió. Escribieron sobre conocidos que estaban en las torres, o en sus cercanías, y escribieron sobre Dios".

Los que vimos en directo aquella masacre, sin poder despegarnos del televisor, nunca podremos desprendernos de semejante pesadilla. Ni debemos hacerlo. No podremos, tampoco. Por ello, hoy escribo, con dolor, en mínimo homenaje a las víctimas, mi columna sobre ese día al que nunca olvidaremos.

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