Sebastián da Silva
El temporal de Santa Rosa anuncia la llegada de la primavera, y con ella Montevideo se prepara para recibir al campo uruguayo en su máxima expresión de la Rural del Prado.
Arriban la flor y nata de la ganadería, el esfuerzo e inversión en los mejoramientos genéticos compiten entre sí para conformar el futuro perfil de la carne, principal producto de exportación criollo, al que cada año acompañan el desarrollo agrícola y forestal que también se hacen presentes con sus avances tecnológicos.
Tradicionalmente es el momento de los anuncios; las partes, léase gremiales, empresas y gobierno aprovechan la oportunidad para definir posiciones, analizar problemáticas y corregir las inacabables dificultades que siempre apareja depender de la naturaleza para trabajar.
En los últimos tiempos los reclamos cambiaron de tónica, de la rentabilidad se paso a pedir competitividad, y de la crisis pasamos a hablar de las oportunidades. Es que en solo cuatro años el viento cambió sustancialmente, la demanda por alimentos nos colocó en una excelente posición y con ella reaparecimos en el mapa del mundo como una nación fiable y prometedora. Fue así que llegaron inversiones que cambiaron la tónica del sector agropecuario. Poblados alejados de la mano de Dios hoy son incipientes polos agrícolas, tierras marginales para el ganado, hoy quintuplican su renta con la forestación y por primera vez en la historia del Uruguay los egresados de la Facultad de Agronomía son motivo de disputa por las empresas líderes de esta movida.
Todo este fenómeno tiene varias lecturas dentro de este afortunado gobierno, este gobierno al que el destino no le regalo ni aftosa, ni sequías, ni valores irrisorios de su producción principal sino todo lo contrario. Le regaló, la nada despreciable triplicación de valor de su capacidad exportable sin que por ello tenga que haber tomado ninguna medida, justo con la mágica ecuación del constante aumento de la tierra que permitió sin ley alguna licuar el asfixiante endeudamiento contraído en la época de las vacas flacas.
Con todo este contexto el campo se puso a tiro, el motor económico de la producción primaria volvió a convencer de su importancia, dando las envidiables cifras de crecimiento que año tras año demostraron la indisoluble relación del sector agropecuario con la prosperidad nacional.
Una de las tantas causas de esta realidad es la consolidación de lo que se denomina la tercera ola migratoria hacia el Uruguay, que a diferencia de las antecesoras, no llega a la patria escapándose de Europa por hambre, sino para invertir.
La paradoja es que la miopía de parte del gobierno en vez de premiarla, la castiga y la estigmatiza, promoviendo medidas que por absurdas dejan en claro su génesis ideológica, como es el anuncio de prohibir la tenencia de tierras por parte de extranjeros a 50 kms de la frontera.
Se parte de errores generales y particulares. Pensar que la inversión extranjera es mala y por tanto hay que prohibirla, y desconocer una realidad de convivencia que desde la época de Timoteo Aparicio se da en aquella zona del país.
Cuando se hizo la Ruta 5, algunos se opusieron con el argumento que era una autopista para que los tanques brasileños llegaran a Montevideo. Casualmente es la misma lógica que impulsa esta ley.