LAS COLUMNAS
El testimonio de un largo martirio
JORGE ABBONDANZA
A veces la televisión puede ser una herramienta educadora. Esa función sirve para que muchos espectadores de este mundo dejen de estar desinformados e ingresen a la categoría de los conocedores de la realidad internacional, que siempre es útil para poder juzgar a los países y a los hombres. Hace unos días, el canal oficial de España emitió un notable documental titulado Invierno en Bagdad. Fechado en 2005 y dirigido por el libretista y realizador peruano Javier Corcuera, ese trabajo se interna en la pesadilla de la capital iraquí luego de la conquista anglosajona y lo hace por el mejor de los caminos, que no es el del panfleto, sino el del registro minucioso y frontal de un cuadro capaz de sobrecoger a cualquiera.
Lo que hace Corcuera es plantar su cámara delante de seres comunes -niños y adultos, hombres y mujeres- para que presten su testimonio sobre la situación. Hay una madre que ha perdido a su hijo pequeño bajo la explosión de una bomba y ahora busca atenuar ese dolor ejerciendo su tarea de maestra para guiar a otros niños, mientras deja constancia de su duelo en algún comentario lateral. Hay un conductor de ambulancia dedicado a recoger agonizantes y muertos de las calles, que por detrás de una máscara de serenidad espartana confiesa que muchas veces se echa a llorar ante los espectáculos que encuentra en su recorrido. Ya no hay sitio en los cementerios para enterrar los cuerpos, de manera que ha optado por hacerlo en el jardín de su hospital, donde a falta de otra identificación los cadáveres son individualizados por alguna prenda de la ropa que llevan.
Pero lo que hace sobre todo esta película es registrar las declaraciones de los niños al encontrarlos vagando por la ciudad o reunidos ante un umbral. Hay una niña que resultó quemada por un bombardeo, cuya mano derecha ya no se mueve a pesar de las instrucciones del médico y que sin embargo con la izquierda sigue escribiendo poemas en un cuaderno. Hay un niño que debió abandonar la escuela para ayudar a su familia luego de la muerte violenta del padre, y que todos los días recorre las calles para ofrecerse como lustrabotas, aunque ese itinerario puede ser cortado por los tiroteos o las bombas. Hay una niña horriblemente desfigurada por las quemaduras que no ha podido ser atendida por los médicos, desbordados por cientos de casos similares. Hay otros niños dedicados día por día a hurgar en los escombros, para seleccionar los pocos ladrillos capaces de servir en la reconstrucción de un hogar que también fue demolido por la guerra. Hay niños que recuerdan verbalmente a los compañeros de clase que han muerto, aunque a veces la voz se les quiebra.
Es necesario ver ese largo desfile de gente que no ha perdido la voluntad de vivir a pesar del desastre, para tener idea desde el Uruguay de lo que sigue ocurriendo en aquel otro lado del mundo, un martirio inaugurado con la invasión militar de marzo de 2003.
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