Andrés López Reilly
Un investigador llegó a las puertas de la Biblioteca Nacional el sábado 19 de julio. Hacía más de un año que no consultaba sus archivos y había hecho los trámites necesarios para solicitar algunos diarios antiguos.
Con sorpresa, se encontró con la puerta cerrada. Tocó timbre y no demoró en salir una persona que se presentó como electricista. Estaban "haciendo un arreglo" -dijo- por lo que la biblioteca "iba a estar cerrada todo el día". Frustrado, pensó: "¡Qué suerte que tienen los funcionarios!, la reparación cayó justo el sábado, cuando el viernes fue feriado y el domingo la biblioteca va a estar cerrada".
Sus posibilidades horarias sólo le permitían concurrir los sábados. Así es que regresó a la semana siguiente. Ni bien traspasó el umbral de la recepción y se dirigió a tomar una de las boletas para hacer el pedido de los materiales, una funcionaria le advirtió que no podría ser atendido por "falta de personal". Ese día había faltado el encargado de los diarios, que se encuentran en la planta baja.
Sólo había tres personas en la biblioteca: una supervisora y otras dos mujeres. Gracias a la buena voluntad de las funcionarias, el investigador logró que le aceptaran las solicitudes para consultar los periódicos. El problema es que la buena voluntad muchas veces no alcanza.
La mujer y la supervisora no tenían la práctica del funcionario ausente para ubicar las colecciones solicitadas. Tampoco la fuerza para levantar los pesados tomos que contienen, por lo general, los ejemplares publicados durante todo un año.
Otras cosas cambiaron en el tiempo en el que el usuario no había pisado la Biblioteca. La sala principal de lectura hace más de un año que está clausurada, mientras se termina de colocar el último azulejo del último baño. Mientras duraron las obras, el polvo voló por todo el recinto. Lo intentaron detener con bastidores de madera y nylon, pero de poco sirvió el esfuerzo.
Las personas en situación de calle que duermen en la puerta no son violentas, pero ingresan a utilizar los baños para hacer sus necesidades, higienizarse y lavar la ropa que escurren con los secadores de mano. Los funcionarios han tenido algunos problemas por decirles que no pueden utilizar los servicios higiénicos para eso. Y algunos de ellos les respondieron a los gritos y con palabras soeces. Todo lo cual preocupa, máxime cuando no existe un servicio 222 "por falta de presupuesto".