¿Padre y madre?

LEONARDO GUZMÁN

Bendecir por ley eso de entregar la crianza y formación de niños a padre y madre sustitutos del mismo sexo, va contra el sentido común. Además, va contra la doctrina de los textos milenarios del cristianismo y el judaísmo, incluso si no se los lee como anclajes de la fe y los ritos de una religión positiva: más allá de fronteras, sus valores integran el acervo espiritual y el humus cultural de todos.

Pero hay más aún: el planteo es incoherente con la pugna básica de la ideología marxista por sustituir toda religión y toda metafísica, colocando en su lugar el culto por la realidad material. En eso, las raíces se le remontan muy lejos. Pero empecemos en el siglo XVIII, cuyo legado tanto tiene que ver con nosotros.

Más allá de Voltaire -contrario a la Iglesia pero creyente en "el buen Dios"- la tendencia materialista prendió fuerte en ateos -Holbach, Helvétius-, deístas abstractos -enciclopedistas- o empiristas radicales -Hume. Todos ellos rendían reverencia a la Naturaleza (así, con mayúscula).

Apasionados por causas y efectos naturales, llamaban a inclinarse ante los datos de la realidad. Hasta con sus exageraciones, proclamaron que las normas humanas debieran dominar racionalmente a la naturaleza, obedeciéndola y no violándola. Depositaron fe y esperanza en la ciencia y la razón.

De todos esos antecedentes surgieron el positivismo y la concepción de Marx, que hoy más que un programa de revolución de los "proletarios de todos los países" se presenta como un método que pretende atenerse a lo concreto, a lo inmediato, a lo dado.

Ahora bien. No hay dato fisiológico, afectivo y sociológico más evidente que nuestra proveniencia de hombre con mujer y mujer con hombre.

A partir de semejante verdad -evidente hoy en el laboratorio pero desde siempre en cualquier rancho del mundo- que una ley coloque la primera infancia en el hogar de dos concubinos del mismo sexo no puede constituir un avance a los ojos del materialismo histórico. Sí: también bajo su ideario es un simple retroceso decadente hacia un poco más de relativismo irracional, por el cual se le aplica a los niños -únicos cuyo interés debe atenderse- ese "todo vale" actual, que cobija egoísmos y acorta horizontes. Se alza no sólo contra genéricos seis milenios bíblicos sino contra los específicos dos últimos siglos de sueños y luchas del propio materialismo histórico.

Por eso, es lógico que el tema provoque divergencias dentro del propio lema hoy gobernante, ya que el planteo patentiza una incongruencia de base, no con el programa de acción sino con los fundamentos de lo que durante un siglo se dio en llamar "socialismo científico".

El quiebre se torna aún más patético si se advierte que, con decisiones de semejante laya, se está sustituyendo la esperanza que se depositaba en la ciencia por la superstición de que el hombre manda por encima de todas las cosas y que, por tanto, cualquier disparate merece abrigo porque supuestamente afirma una cultura donde el hombre sería soberano.

Eso no es ni marxista ni socialista. Se parece a la pereza valorativa que opacó a Francia por décadas y al culto por la lucha de poderes sin ideales ni mística que denunció Sorokin hace 50 años en los Estados Unidos -y que después formó escuelas de juristas, economistas y políticos cuyos dislates mucho tienen que ver con la postración actual de la nación del Norte.

También se parece al delirio fascista de poder.

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