Mirar con juicio crítico el trabajo propio es algo que no hace todo el mundo. Una excepción es el actor argentino Luis Ziembrowski, quien pese a protagonizar la gran telenovela del momento, no tiene reparos en marcar las debilidades del producto y de todo el género.
Esa mirada crítica tiene que ver con sus orígenes como actor, vinculados al teatro más alternativo, aunque reconoce que en su país existe un camino que ha permitido a los actores experimentales saltar a la pantalla de la televisión.
En Uruguay se lo identifica con Aguirre, un personaje desopilante que le permite mostrar al gran público técnicas que él cultivó a lo largo de una larga carrera en la que se preocupó más por correr riesgos que por conquistar el éxito. Ahora, y por poco tiempo más, se lo puede seguir viendo por Canal 12 en Lalola, una telecomedia que afortunadamente hizo estallar los límites del género.
CARLOS REYES
- ¿Qué le parece que tiene Aguirre que lo hace tan encantador?
- Tiene como un ritmo, una aceleración que en principio lo hace muy atractivo, como imantado de ver. Creo que él trata de buscar soluciones a cantidad de problemas, y como son soluciones bastante absurdas eso produce cierto atractivo. No sé qué más: es muy difícil hablar de él.
- Es difícil sí. Asombra esa mezcla que tiene de bondadoso y despiadado...
- Lo que lo hace despiadado es su lugar, ser el dueño, esa cosa jerárquica. Él es un capitalista, de eso no hay duda, pero produce vínculos muy singulares, muy personales con cada uno, y eso lo hace querible. También el hecho de llevar al extremo sus adicciones y de ir pasando por distintas crisis. Porque Aguirre pasó por crisis sexuales, amorosas, matrimoniales. Y me parece que el personaje se funda en eso: tratar de navegar las crisis. Eso lo hace identificable, y contemporáneo. Tiene una especie de neurosis con la que muchos se reconocen, y se ríen. Él es como la corporización de un estado interno del espectador común, que consume, que trata de ser independiente, que busca tener una mirada abierta al mundo. Y en su forma externa, creo que es muy atractivo hasta para los niños.
- ¿Y en cuánto a su interpretación?
- Mirá, desde el vamos (y el vamos fue un piloto que se filmó con Nancy Duplaá como protagonista) traté de encontrarle su propia voz. Quiero decir, ir más allá de lo que estaba escrito. Básicamente lo que encontré fue la posibilidad de improvisar, cosa que es como un estado ideal de la actuación.
- Usted ya tenía toda una carrera en esa dirección...
- Sí, yo trabajé en un programa muy fundante en la línea de la comicidad que fue Delicatessen, un programa que duró poco pero que estaba integrado por una banda de capo cómicos: Capusotto, Fabio Alberti, Fontova, Damián Dreizik y José Luis Oliver. Éramos seis, y era ponerse una peluca y ya ser otro personaje.
-Más allá de ese programa eso tendrá que ver con su formación.
-Sí, vengo de una escuela donde la improvisación es parte del lenguaje del actor. Pocas profesiones tienen ese privilegio, y en ese sentido yo vengo más entrenado en eso que en una línea psicologista, de internalizar y de pensar en el propio yo. La improvisación me permite encontrar materia narrativa. Eso yo lo mantuve durante 12 años con el grupo de experimentación Pista 4, donde primero improvisábamos y luego escribíamos y reescribíamos el texto. Eso a mí me marcó mucho y creo que donde hay espacio para eso, como me pasó con Aguirre, se puede generar algo mucho más vivo, permanente.
-¿Usted tiene algo de Aguirre?
-A mí me gusta tomar whisky, pero no tomo desde las 10 de la mañana. Pero no: el personaje siempre va a tener cosas personales, no biográficas. Lo personal está en ciertos rasgos de Aguirre, aunque comprimidos para lograr el personaje. Tiene que ver conmigo, con estados míos, con momentos míos. Me encantaría estar excitadísimo permanentemente como Aguirre, pero no lo soy. Eso es seguro.
-¿Cómo era el modo de trabajo en "Lalola"?
-Nosotros teníamos la certeza de que Lalola se tenía que pasar en la Argentina por una cuestión de obligatoriedad de impuestos y eso nos daba la tranquilidad de no tener que responder al minuto a minuto y esas pavadas, de no tener que pensar que quizá se acaba. Y en algún momento empezamos a generar un mundo bastante atractivo con todo lo que sucedía en lo cotidiano. Somos una banda de actores que ninguno, ni los protagonistas ni los secundarios, nos creímos el verso de la jerarquía.
-¿Ustedes proponían las formas de trabajo?
-Teníamos la dinámica de hacer propuestas nosotros, proponer un plano secuencia o poner la cámara en determinado sitio. Yo además tenía una cámara flotante que me seguía permanentemente y otras dos cámaras más, justamente para rescatar los estados de improvisación y no tener que cortar. Los técnicos fueron fundamentales para poder captar ese hecho vivo, y eso lo pudimos hacer gracias a que éramos como 40 tipos grabando 10 u 11 horas diarias.
-¿Cuándo se dieron cuenta que estaban en el rumbo cierto?
-La verificación se produjo sobre todo cuando vimos que la búsqueda de la comicidad se concretaba. La comicidad no es como el drama, que tiene muchas variaciones diferentes. La comicidad no tiene mucho margen: hay que entrar ahí, en el código preestablecido, obligatoriamente. Y para eso había que encontrar un tono de actuación: a mí, por ejemplo, me gustaba deschavar los mecanismos ficcionales. Incluso me hubiera gustado al final que tomaran todo el set de filmación. Claro que todo eso no lo fundo yo: lo funda gente como el Negro Olmedo, como en el famoso sketch con Vicente La Russa, que lo zamarreaba y se sacudían las paredes del decorado.
-¿Cree que "Lalola" capitalizó lo que se hizo en "Resistiré", pero en clave cómica? Sobre todo por la importancia que cobró la creatividad de los técnicos, y no sólo de los actores.
-Te digo la verdad, y esto no es postural, es simplemente porque soy propenso a las adicciones: hace un año y medio que no tengo tele, o dos años. Porque sé que si estoy solo a las tres de la mañana, la prendo. Entonces prefiero no tenerla, y leo mucho más. O sea que no tengo mucha idea de cómo es el tema. Pero creo que puede ser: también con Montecristo pasó algo de esa naturaleza, tocando un tema que tiene que ver con la dictadura. Pero a veces la telenovela tritura los temas, los `caranchea`, como diría mi padre: `No caranchees el asado`. Y bueno, eso forma parte de un lenguaje que yo, en el fondo, sostengo que está medio vencido.
-"Lalola" parece demostrar lo contrario.
-Me parece que el futuro está en esas telenovelas de las dos de la tarde que miran las mucamas latinas en Estados Unidos, que en general hacen miniseries de gran calidad, de 13 capítulos por año, pero por supuesto estamos hablando de sociedades que pueden invertir. Pero ese formato cotidiano debería reformularse, porque la tele tendría que formar parte de una nueva educación. Nosotros con Lalola, en algún momento entramos en una meseta insoportable, cuando ya no sabés qué estás grabando. En 150 capítulos y teniendo 10 ó 15 capítulos abiertos a la vez, y ya no sabés qué inventar. También la bajada de audiencia coincidió con el verano, un momento raro en relación a la cantidad de gente que sigue viendo televisión. Es decir, me parece que como trabajo es privilegiado, pero como forma creativa se torna difícil, y eso se ve en el resultado.
-Supongo que "Lalola" le cambió su imagen pública.
-Sí, pero luego voy a ser olvidado. Por ahora soy como una especie de reptil exótico. Y me di cuenta en el Buquebús que en Uruguay está pegando, por la mucha gente que venía a saludarme. En Buenos Aires dejamos de salir al aire hace dos meses o un poco más, y cada vez uno está un poco más lejos. Ahora volví otra vez a estar ahí un poco por el premio Martín Fierro. Me parece que la televisión tiene esa correlación absolutamente directa con la imagen del momento.
-¿Qué le diría al público uruguayo que todavía no conoce el final de "Lalola".
-No sé qué decir: que sigan viéndola porque siempre hay personajes que siguen creciendo hasta el final, como el de Gastón, que es impresionante, o la que hace de mi hija. No sé, pero puedo estar mañana en una esquina y atender a gente que venga a darme dinero y les cuento el final.
Una estación de trenes y un gran circo
"Vine varias veces a trabajar a Uruguay -cuenta Ziembrowski-, estuve en un festival de música electro acústica que se hizo en el Goethe, con una obra de un músico argentino en la que necesitaba la voz de un actor: era una mezcla de una cinta grabada y mi presencia, algo semi-montado. En ese festival también participó Leo Masliah. Luego estuve con Pista 4 en un festival de teatro off en la estación de trenes, y también en otro festival que se llamó El Circo, que se hizo en el Parque Batlle. Había varios escenarios, uno más roquero, otros menos: había como carpas y nosotros estábamos en una de ellas. Eso lo organizaba un cómico argentino-uruguayo: hace muchos años de aquello y me dijeron que fue la última actuación que hizo Mateo".