Como el pueblo de Israel

LEONARDO GUZMáN

Israel conmemora los 60 años de su Estado, algo más del 1% de sus 5.768 años de historia. Por milenios que concluyeron en 1948, el pueblo judío vivió -caso excepcional, cuasi único- como ejemplo de nación erguida y unida, pero sin suelo y bajo persecuciones, capaz de asumir su tradición como una identidad. De ello, los hispanohablantes compartimos pruebas: la expulsión decretada en 1492 por Isabel la Católica, sembró, desde Milán a Sofía y Esmirna, múltiples comunidades hebreas que hasta hoy cultivan acentos y hábitos del español medieval.

De esa historia y la siembra del visionario Theodor Herzl, surge el milagro rezado por siglos con el sueño "El año que viene, en Jerusalén". En 1948, apenas tres años después de terminar el nazismo y lo peor del Holocausto, estaba concluyendo el Protectorado Británico acordado por la Liga de las Naciones para dar "un hogar nacional al pueblo judío". Entonces la recién nacida ONU aprobó dividir a Palestina entre árabes y judíos; la Liga Árabe rechazó el plan; Israel declaró su independencia.

Desde entonces ha vivido en conflictos. Con Egipto y Jordania firmó la paz, pero sigue rodeado por enemigos juramentados: los atentados y las represalias son noticia día por día.

Pero en estos 60 años Israel ha hecho mucho más que vivir en conflicto: ha servido enormes valores culturales, científicos y democráticos y en esto es ejemplo por encima de la angustia en sus fronteras y de los aciertos y errores de sus gobiernos. No por repetido deja de ser cierto que hizo crecer flores y frutas en el desierto, investigó el cáncer en el Instituto Weizmann de Rejovot y en todos los campos revivió el ejemplo bíblico de la alegría de vivir como respuesta al sufrimiento, ligando indisolublemente el logro de la Tierra prometida a la responsabilidad existencial de defenderla.

En el nacimiento del Estado de Israel, pesó y se recuerda siempre el voto del gobierno de Luis Batlle Berres y el fundamento expuesto por el inolvidable Enrique Rodríguez Fabregat, entroncados ambos con el afecto de nuestra ciudadanía a todos los perseguidos. El peso histórico de ese hecho no debe distraernos de la circunstancia en que recibimos este aniversario, cuyas raíces tanto deben enseñar al Uruguay de hoy.

Vivimos el extravío de haber perdido el sentimiento de norma, pero no sólo en la azarosa andanza del Derecho sino en todo: hemos perdido el aguijón de la exigencia, las ganas de la perfección, la precisión del lenguaje. Junto con bajar horas liceales en las materias que aclaran el pensamiento -matemáticas, gramática, lógica, idiomas- hemos perdido el hábito de sentir que hay principios cuya vigencia no depende de la sociedad ni de las circunstancias. ¿Y cómo no bajar horas culturales, si por décadas se ha enseñado que nuestras desgracias provienen del contexto socioeconómico y no de nuestra responsabilidad personal e intransferible?

Con todo eso, estamos viviendo ya no como 60 años atrás sino como 60 siglos atrás, antes que Moisés, para su tribu ambulante, recibiese de El que Es pensamientos purificados que, si se obedecen, salvan; y por eso son Mandamientos inderogables, con o sin fe.

Si queremos salir adelante, deberemos buscar verdades en estado naciente, como lo hizo el judaísmo en el Antiguo Testamento, tomando hoy los riesgos del Violinista en el Tejado, brindando con el inmenso Sábat Ercasty por "las ideas no pensadas todavía" para obedecer, como persona colectiva, su mandato poético de que "seas un alma".

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