PABLO DA SILVEIRA
La habitual ola de movilizaciones de comienzos del año lectivo está alcanzando altos niveles de rispidez. Los sindicatos de la enseñanza mantienen una actitud combativa y el debate se vuelve duro. El conflicto ya produjo la pérdida de miles de horas de clase y afectó la organización de muchísimas familias. Pero el intercambio de declaraciones públicas entre dirigentes gremiales y autoridades también nos permite conocer lo que piensan muchos de ellos. Y el problema es que piensan cosas verdaderamente preocupantes.
Por asombroso que parezca, varios dirigentes sindicales han rechazado en estos días la idea de calidad educativa. Dicho en otras palabras: esos dirigentes se niegan a que la labor de los maestros y profesores sea evaluada en función de sus resultados. Aparentemente podemos controlar si los docentes asisten o no a los centros de enseñanza, si cumplen o no con los planes de estudio, pero no podemos evaluar si están consiguiendo que sus alumnos aprendan algo.
El argumento esgrimido por varios participantes en el debate, es que no se puede aspirar a una educación de calidad mientras no mejoren las condiciones sociales. En palabras de la presidenta del sindicato de profesores de Secundaria, "es muy difícil pedirle a un chiquilín que estudie si viene con hambre". En palabras de la secretaria general del sindicato de maestros de Primaria, "el problema social no lo puede arreglar el maestro".
Estas afirmaciones tienen sin duda un núcleo de verdad. Es obvio que la pobreza y la marginación son obstáculos formidables para la acción educativa. Pero suponer que primero hay que eliminarlas para luego brindar una educación de calidad es una idea paralizante y falsa.
Es una idea paralizante porque, a menos que se encuentren soluciones desconocidas hasta ahora, la superación de la pobreza y de la marginalidad será siempre incremental. Aun si los uruguayos consiguiéramos ser mucho más eficaces que hoy en la lucha contra esos flagelos, inevitablemente pasarían años antes de terminar con ellos. Durante todo ese tiempo, centenares de miles de alumnos habrán pasado miles de horas en las aulas.
Se trata asimismo de una idea falsa porque, como lo muestra mucha información disponible, es posible ser más o menos exitoso en la lucha por neutralizar el impacto educativo de la pobreza. Uruguay no está entre los países más pobres de América Latina, pero es el que tiene más deserción escolar (junto con el inmenso México) y sus resultados en pruebas como PISA se parecen a los de otros países que enfrentan problemas sociales más graves. Eso revela que estamos siendo menos eficaces que ellos en el intento por neutralizar los efectos educativos de esos problemas. Hay mucho por mejorar en lo estrictamente educativo mientras se lucha contra la pobreza. Más aún: es probable que mejorar la calidad de la educación sea una condición para salir de ella.
El alumno en mejores condiciones de aprender es un chico que no sufre privaciones y que tiene padres preocupados, altamente educados y con mucha disponibilidad de tiempo. Pero el problema es que, si todos los niños y jóvenes estuvieran en esas condiciones, ya no harían falta docentes profesionales. Los dirigentes gremiales deberían comprender que las dificultades sociales y culturales que enfrentan muchos alumnos son justamente aquello que justifica su profesión.