LEONARDO GUZMÁN
Hay temas del Derecho que invariablemente tienen escenario grande: libertad, justicia, garantías, limpidez administrativa, independencia de los Jueces y de todos los controladores, incluyendo dictaminantes.
Ya se ensalce su vigencia, se procure corregir desviaciones o se denuncie violaciones flagrantes, esos temas resultan de primera magnitud siempre.
No es casualidad. No es invención publicitaria. Es imposición natural de los valores que esos temas ponen en juego: amor al prójimo, encuentro con el otro, respeto por la persona, apetito colectivo de vivir como gente.
El siglo XX sufrió múltiples y brutales intentos de aplicar técnicas psicopolíticas para disminuir, deformar o enterrar esas cuestiones básicas. Fracasaron.
El nazismo, el fascismo y el comunismo colocaron un todo-poder mitológico antes y más allá de los valores del Derecho. Buscaron justificar ese todo-poder como una exigencia del interés colectivo a beneficio de la pureza de la raza, la afirmación de la nación o la guerra de clases. Esos intentos recibieron el nombre de totalitarismos, porque absorbían todo - libertad, garantías, Administración, la Justicia, los contralores y el hombre- y desteñían todo -la pasión, la expresión, la creatividad- a beneficio de las obsesiones que los dominaban hasta el límite superior de la hipnosis, la parálisis de la sensibilidad y la paranoia.
Todos sabemos el estallido con resonancia mundial en que concluyeron los grandes sistemas montados sobre esa estructura absurda. También sabemos a dónde fue a parar el remedo de totalitarismo que muchos dictadores infatuados pretendieron instalar, tanto en los años 30 a 50 -Getulio Vargas, el primer Perón- como en los 70 -con nombres que no hace falta repasar.
El destino de los totalitarismos bélicos de fama mundial y de los ensayos domésticos debe aleccionar a las nuevas generaciones sobre la fragilidad del poder omnímodo que instalaron. Pero, sobre todo, deben quedar, para todas las edades, otras lecciones que son aún más importantes que la de lo frágil que es el poder, ya que se refieren a la causa de esa fragilidad: nada basta para ahogar la vocación de libertad; no hay creación -industrial, agropecuaria, intelectual ni artística- sin libertad; no hay calidad sin libertad; y por tanto, no hay hombre completo sin libertad.
El fracaso de los totalitarismos no fue el resultado de errores tácticos o de conducción. Fue el efecto, deletéreo pero inevitable, de doctrinas -todas, con base materialista- que prometieron potenciar a los países regimentando y ahogando a las personas, más cultoras del sistema que de la libertad creadora.
De la recua de totalitarismos que hubo, quedan pocos supérstites. Caída la Unión Soviética, derribado el Muro de Berlín, reunificada Alemania y resquebrajado en China el aparato monolítico, lo restante es Cuba.
Ni lo mediático de la retirada del dictador ni su enfermedad ni el carisma de algunas de sus actitudes ni lo criticable del embargo a la Isla bastan para hacer olvidar el horror de que un fanático haya permanecido 49 años en el poder sin dolerse por fusilados, presos y desterrados; y termine, como en la monarquía absoluta, colocando al hermano.
La cuestión no es el modo de irse sino el destino a que llevan los totalitarismos.
No sólo cuando gobiernan.
También cuando inspiran a seguidores que, a fuerza de admirar modelos muertos, terminan llamándole revolución a la parálisis, cultura a la bravata y progreso a la rémora.