¿Remisión o curación?

LEONARDO GUZMÁN

Las declaraciones del presidente, Dr. Tabaré Vázquez, devolvieron las energías preelectorales a su curso natural: atajaron el derrame de inconstitucionalidad que afectó el cerebro y los movimientos de quienes venían insistiendo en un reeleccionismo jurídicamente imposible.

La dosis que aplicó esta vez -mayor que la de un semestre atrás- hace esperar mucho más que una remisión, retroceso meramente transitorio de los síntomas. Debe curar radicalmente la enfermedad recurrente del reeleccionismo, verdadera malaria que cada tanto afecta los más sensibles equilibrios del país. Si algo vale la coherencia en la vida pública, no puede ser de otra manera.

El art. 152 de la Constitución establece que para volver a ser Presidente "se requerirá que hayan transcurrido cinco años desde la fecha de su cese".

El art. 77-5º de la Constitución dispone que el Presidente de la República no podrá "formar parte de comisiones o clubes políticos, ni actuar en los organismos directivos de los partidos, ni intervenir en ninguna forma en la propaganda política de carácter electoral".

Cuando un Presidente consiente que su nombre se maneje para un proyecto de reelección, lo que hace es "intervenir" "en la propaganda política de carácter electoral": ¿o se es candidato sin entrar en la lucha comicial?

Por lo cual, con la misma intensidad que se lo estuvo reclamando, cabe alegrarse por el bien de la República, de la rotundidad del pronunciamiento con que el Dr. Vázquez aventó el riesgo de hacer hamacar al país entre la Constitución y el vacío. Por cierto, la enfermedad reeleccionista tuvo anteriores empujes y ¡vaya si aleccionan!

Presidente que haya completado un segundo período, en el Uruguay hubo uno: Gabriel Terra, que se conservó desde 1931 a 1939, tras su golpe de Estado de 1933, cuando Baltasar Brum se inmoló en Rio Branco casi Colonia y se fracturaron los partidos. La normalidad se rehizo recién en 1943.

En 1971 se planteó una reforma para reelegir a Pacheco Areco. Con la guerrilla en la calle, muchos ciudadanos de buena fe se inclinaban al continuismo. Desde El Día -que lo había dirigido y donde conservaba nuestros afectos- nos opusimos abiertamente: preferimos nuestra visión sustancial de los deberes constitucionales.

¿Qué pasó? El reeleccionismo se promocionó meses, sabiendo que si no bastaban para la reforma, sus votos por el régimen vigente iban a encaramar a un candidato que no se nombraba. Recién a las 15 horas del 8 de octubre de 1971 -siete semanas antes de las elecciones-, con Montevideo bajo temporal, en la residencia de Suárez comunicaron que la alternativa iba a ser el señor Juan M. Bordaberry.

Ganó sin votos propios; y tras su golpe de Estado del 73 resultó depuesto en el 76: los militares no aceptaban su propuesta de suprimir los partidos para siempre. El extravío hasta hoy causa dolores a todos. Incluso al señor Bordaberry.

Es que, lo haga la guerrilla o el gobernante, violar la Constitución genera catástrofes.

Por tanto, la negativa del Dr. Vázquez no debe reducirse a porqués minúsculos ni a su rebote en la opción de sus correligionarios entre la cultura de Mujica, la simpatía de Astori o similares.

Debe llamarnos, a todos, a revalorizar la tradición nacional de principios.

Y a reaprender que con la Constitución no se juega, porque en sus reglas vive el destino -libertad o cárcel, destierros y entierros- de los nietos de todos los que, votando distinto, nos amamos como nación.

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