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[EDITORIAL]
La laicidad moribunda

Creíamos que la laicidad sólo era violada en nuestro país por profesores que influían sobre sus alumnos aprovechando su mayor madurez intelectual. Nos equivocamos. En nuestros liceos -¿habrá derecho a generalizar?- se presentan casos que indignan, tanto por violar la laicidad como por los toscos procedimientos empleados para hacerlo. Lo ocurrido en el Liceo N° 18, en efecto, fue burdo y grosero, impropio de un país que se precia de su cultura respetuosa.

En resumen: una subdirectora y una adscripta interrogan a un liceal de 14 años -integrante de una lista juvenil presentada en las recientes elecciones del Partido Colorado- sobre cómo había llegado a integrar dicha lista. Lo acusan, entonces, de manipular a sus compañeros (había recogido adhesiones fuera del local y del horario liceales) y de ser manipulado, a su vez, por el Partido Colorado. Aludiendo a la pasada dictadura, una de las docentes -que ya había anotado los nombres, domicilios y teléfonos de todos los alumnos involucrados- manifiesta que si viniera una dictadura del Frente Amplio, todos ellos podrían ser perseguidos. Secundaria inició una investigación.

Mientras tanto, en nuestros liceos, la laicidad bien entendida brilla por su ausencia.

A partir del dominio que ejerce la izquierda en ese ámbito, sigue la planificación acordada en la teoría de Gramsci. Históricamente, la laicidad surge como un principio opuesto a la influencia religiosa en las aulas estatales. Este principio adquiere su más exitosa gravitación cuando, en algunos países, se produce la separación de la iglesia y el Estado, es decir, cuando este último deja de profesar una religión.

Desde entonces, no se incluye la enseñanza religiosa en las escuelas y liceos públicos, no porque se entienda que la religión cause daño a las mentes de los educandos ni porque sea mala en sí misma -a menudo, sucede todo lo contrario- sino porque se estima que la religión pertenece al fuero más íntimo y a la decisión hogareña. Pero, sobre todo, porque se considera que los docentes no deberían utilizar su lógico ascendiente sobre sus alumnos para influir en esa materia.

El vacío dejado por la ausencia de la (s) Iglesia (s) pasó a ser llenado por la presencia de los partidos políticos. No de todos ellos, por supuesto, porque los de raigambre liberal, por serlo, incluyen en su plataforma, precisamente, la defensa de la laicidad. Pero otros, los que abrevan en fuentes totalitarias y liberticidas, encontraron en la violación de la laicidad el camino ideal para difundir sus doctrinas y para condicionar, incluso, el futuro político de sus alumnos.

Es lo que sucedió, por ejemplo, en Europa con los Estados fascistas y marxistas que actuaron en un sentido exactamente contrario a la laicidad, oficializando su negación.

En nuestro país, la laicidad fue considerada como un objeto de culto por parte de la gran mayoría de los docentes. El carácter laico de nuestra educación pasó a constituirse en una tradición: el uruguayo adquirió una especial sensibilidad que garantizó la formación integral, no sectaria, de los jóvenes educandos.

Pero, gota a gota, año tras año, generación tras generación, -con la colaboración de semanarios, radios, publicaciones, conferenciantes, artista afines, más el apoyo de los "tontos útiles" de siempre, la intelligentzia uruguaya fue cambiando de signo. En forma sutil, invocando la libertad de cátedra, la enseñanza adquirió un neto perfil izquierdista. Sus interpretaciones sobre cualquier tema coincidían con las de tinte marxista. Superado el período represivo que se inició en 1973, las violaciones consuetudinarias de la laicidad no cesaron, sin embargo, con la restauración democrática. "La laicidad estuvo siendo alevosamente desvirtuada" (Pivel).

Volvimos a lo de antes.

Hoy en día, con tres años de gobierno del Frente Amplio, con los otrora acusados de violar la laicidad convertidos en jueces, ¿qué le espera a nuestra enseñanza?

¿Qué le espera a un país cuya niñez y adolescencia está siendo gestada según los criterios y los puntos de referencia de una izquierda que no ha dejado de ser anacrónica, chapada a la antigua e imbuida de simplismos y de resentimientos?

¿También entre nosotros se ha decretado la muerte de la laicidad?

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