ALEJANDRO NOGUEIRA
Los dichos que se atribuyen al general Gloodtdofsky en el remoto Haití que, palabras más o menos, deben haber sido como se informó, no suenan, meramente, a un desliz en la noche tropical. Son, creo, "el otro yo" del pensamiento dominante en filas militares.
Gloodtdofsky, -ascendido por este gobierno al generalato, figura destacada en la paupérrima información sobre los desaparecidos que se suministró al Comandante en Jefe de las FF.AA. y presidente Tabaré Vázquez, en su esfuerzo por cerrar el capítulo de las facturas pendientes de la dictadura-, dijo lo que piensa y siente. Y esto no es exclusivo de este oficial.
No hace mucho, la propia ministra de Defensa Azucena Berrutti declaró en El País la pérdida de su optimismo, no solo en que los militares aporten más información acerca de los asesinatos de prisioneros políticos del pasado, sino en la conciliación del estamento militar con la sociedad civil y su integración en los términos de normalidad de cualquier país democrático y civilizado.
Los comentarios de Gloodtdofsky resuman la hostilidad que, soterrada o manifiesta al estilo Iván Paulós, siente gran parte de los uniformados, no ya por un gobierno marxista, según el general, sino que denotan la ausencia de la menor autocrítica castrense por lo ocurrido. Y esa altanería cimienta la muralla entre los militares y la sociedad que tiene, del otro lado, los gaviones de quienes reclaman justicia pero quieren humillación.
El rencor no necesita de grandes esfuerzos para retroalimentarse y ha demostrado tener un metabolismo a prueba del paso de los años. El frustrado desfile militar del 19 de junio, que iba a congregar principalmente a cadetes militares (no por casualidad) no solo los dejó afeitados y de uniforme; sirvió también para que algunos oficiales azuzaran a los jóvenes con el rechazo izquierdista y civil, lo que sigue abonando y perpetuando la semilla de la desconfianza en un grupo social y laboral que no pierde sus ínfulas de casta y sigue pensando esta llamado a ser la reserva moral de algo o el instrumento del orden si los febles y corruptibles partidos políticos democráticos pierden pie.
Como hoy siguen barajadas las cartas, sin gestos claros (y también muy firmes) desde la sociedad civil, que se expresa principalmente desde el gobierno nacional, y con los militares haciéndose escuchar a través de las palabras de un Gloodtdofsky o de un Paulós, la única reconciliación uruguaya será biológica. Como lúcidamente lo dijo en algún momento José Mujica, la relación entre militares y civiles uruguayos comenzará a ser normal cuando todos los actores de los años 70 y 80 estemos muertos. Y aun así, no faltarán los que quieran heredar a las nuevas generaciones este rechazo. Si el rencor tiene un metabolismo intenso y eficiente, el prejuicio no necesita para adherirse a la muralla más que una tasa de superficialidad y una cucharada de ignorancia.