JUAN MARTÍN POSADAS
El descomunal aumento que ha tenido el precio del petróleo está modificando muchas cosas en el mundo. En nuestro país también. Algunos efectos son sorprendentes.
El International Herald Tribune tituló recientemente: "En un mundo en crecimiento la leche es el nuevo petróleo". La economía mundial -como se sabe- está pasando por una temporada de viento en la camiseta. Eso ha originado un aumento fabuloso en la demanda de commodities y, como es lógico, el correspondiente aumento de los precios cuando la demanda crece. Con la leche se ha dado un empuje adicional. Según un informe técnico originario de Nueva Zelandia, una combinación de factores como el cambio climático, la modificación de normas de comercio y la competencia por ciertos granos para producir biocombustibles es lo que ha hecho duplicar el precio de la leche en los dos últimos años. En algunos estados de Estados Unidos el litro de leche está costando más que un litro de nafta. ¡Vaya llevando!
Los granos que se les daba de comer a las vacas lecheras son requeridos ahora para la producción de combustibles. El resultado es un combustible renovable y menos contaminante. Pero el resultado también es un encarecimiento de la comida de las vacas y -no hay como evitarlo- del precio de la leche. Esto asusta a algunos gobernantes. Puedo imaginar al Ministro de Ganadería tratando de fijar el precio de la leche (como el del asado). ¿No sería más inteligente dejar que los tamberos ganaran plata (lo mismo que los productores de carne, pollos y de todo lo demás) y que, con los bolsillos llenos, pagasen la leche al precio real? ¿Y que, para los que no pueden, el gobierno comprara leche, también a precio de mercado, y la repartiera gratis en las escuelas carenciadas y a las mujeres gestantes o jefas de hogar? ¿Qué es mejor: deprimir los precios o hacer que la gente tenga como pagarlos?
El desborde del precio del petróleo hace subir los granos, éstos hacen subir la leche y las dos cosas hacen subir los precios de la tierra. Todos ellos se tornan bienes caros. Eso no es malo: no es la carestía de la miseria sino de la abundancia. En nuestro país, donde se suplementa el ganado lechero pero la base de su alimentación es la pradera implantada, las ganancias pueden ser enormes: ¡deje ganar al productor! En los países desarrollados la vida es más cara (los precios son más altos): viaje Ud. ahora a Europa y me cuenta. Pero la gente tiene más dinero en el bolsillo para enfrentar esos precios.
La demanda por leche (y todos sus derivados, que son muchos) está aumentando a un ritmo que no se puede atender: satisfacer esa demanda significaría incorporar anualmente un litraje equivalente a la totalidad de la producción de Nueva Zelandia, que es el mayor exportador del mundo. En la China de antes, el consumo de leche era de 6 litros por persona por año. Eso quiere decir que, salvo Mao y el politburó, nadie tomaba leche. Hoy el consumo es de 26 litros por persona, aumento impresionante pero cifra insignificante si se compara con el consumo promedio dinamarqués o aun uruguayo.
El precio actual de la leche, el precio de mercado, está por arriba de lo que marcaban los subsidios en Estados Unidos. Como la leche es de difícil conservación (aun como leche en polvo) todo va a parar al mercado y, sin embargo, no alcanza para satisfacer una demanda creciente. El negocio de la leche tiene un largo y brillante futuro por delante, según los entendidos. Ojalá el Uruguay no se asuste y lo sepa aprovechar.