HENRY SEGURA
Es de las películas uruguayas que, valga la paradoja, más cine tiene. "La cáscara", estreno del próximo viernes, fue realizada por Carlos Ameglio, uno de los directores de publicidad que más se destacan en el país.
La historia está narrada en primera persona por el redactor creativo de una agencia que tras la muerte de su compañero y jefe debe acceder a mayores responsabilidades. No tiene idea de qué debe hacer, su cara parece estar siempre en blanco, al igual que la pantalla del ordenador donde intenta escribir algunas líneas para publicitar un antigripal.
Es tan consciente de sus debilidades que desde el comienzo confiesa que lo van a echar: para su inmensurable incapacidad eso sería un alivio que no ocurre, con lo cual el ascenso que le dan aumenta dramáticamente las posibilidades de convertirlo en el monumento al vacío absoluto.
Todos sus vínculos se transforman en interferencias porque tiene el extraño don de ir tropezando con los demás, que a su vez le responden con la misma moneda. No importa que sea su madre, su hermana, su ex novia o el portero del edificio: todos parecen tener una mirada distante hacia él. En contrapartida, entre los pocos refugios que le quedan está un viejo episodio de Buck Rogers en televisión y un niño de la calle que deambula por el club de golf de manera bastante inexplicable. El rostro amímico de Juan Manuel Atari lo dice todo.
Cualquiera diría que a la realidad se le responde con fantasía. Sobre todo cuando el publicista decide dar el paso necesario para poder robar las ideas del compañero que murió y entra en una situación apremiante a la cual no puede ni sabe controlar.
Cuando Ameglio va a referirse al personaje que creó habla del "tipo", aunque tiene nombre (Pedro), profesión y trabajo. Puede identificarlo de otra manera, como un ser que suele estar en las obras de los autores literarios que frecuenta, como Dostoiesvski, Felisberto Hernández o Mario Levrero, y que se asoma en las películas de directores que admira como Roman Polanski, Martin Scorsese (el de Después de hora) y, sobre todo, Billy Wilder con su obra maestra El ocaso de una vida (1950).
"Es el tipo de personaje que se va deshumanizando tanto que termina pareciéndose a un monstruo", evalúa el director. "Es lo que le pasa a cualquier persona que está obligada a hacer algo que no debe hacer y eso la va disgustando, alienando. Tiene que ver con esos mediocres que son lo suficientemente inteligentes para darse cuenta de lo que son".
La cáscara estuvo a punto de llamarse La cebolla, como forma de precisar más su propósito de descamar a un individuo que no presenta nada nuevo al perder una y otra capa o, dicho a contrapelo, un ser que está dispuesto a perfeccionar su máscara mientras intenta búsquedas que no lo llevan a ningún lado.
Por eso, también, La cáscara aparece como una película de gran virtuosismo en el manejo de los equívocos, en una postura que es excepcional dentro del cine uruguayo. Hay que advertir que el espectador es invitado a participar en un juego de provocaciones bastante generoso, en el cual puede leer lo que pasa delante de sus ojos de varias maneras. Para empezar, puede ser el racconto de un hombre accidentado que no se acuerda muy bien cómo llegó a la situación en que se encuentra. Puede ser también que nada de lo que se dice realmente ocurrió y hasta es válida la versión de que lo narrado no proviene de ese creativo publicitario sino del pequeño que lo ha acompañado en trances existenciales muy particulares (¿serán la misma persona?). Quien esto escribe confiesa que tras ver tres veces la película, ha sacado apuntes diferentes sin que se invaliden entre sí. Viva la diversidad.
Pero Ameglio además entrega al espectador un arma que es vital: el humor. No el de la carcajada sino el de la sonrisa inteligente que va asomándose a situaciones paradojales, en la que los personajes tienen bastante de títeres. Al instalar al protagonista en un medio que es el suyo, el guionista y director encuentra la carta más fácil, refiriéndose a los comerciales como los "reclames" de antaño, una palabra que tiene mucho de circense y poco que ver con la magia con la que pretenden vestirse los publicistas del presente. Ese tono campechano lo emplea igualmente en varias líneas de diálogo destinadas al protagonista que al principio reflexiona que "los velorios son cómodos porque es difícil que algo salga mal de un velorio" y emplea la misma fórmula cuando va a la fiesta de un compañero de agencia, porque son igualmente cómodas al ser una cadena de situaciones previsibles. A excepción de una: cuando tres de esos compañeros creativos lo descubren como un ladrón de ideas y terminan aguándole el confort.
La mayor celebración de La cáscara, no obstante, está en la puesta que empieza por recordar que el cine no es necesariamente realidad sino capacidad para interpretarla y representarla. Al igual que la música, el teatro, la literatura, la ópera. Es una película que deliberadamente se juega por la puesta en escena y lo advierte desde su propio inicio cuando hace que un personaje diga que lo que está pasando "es como vivir en una escenografía". La sensación de irrealidad que se desprende al ver el campo de golf recortado por el mar e intensamente iluminado por el sol no lo desmiente. También la madre del protagonista suma su granito al sostener que los "reclames" de su hijo parecían teatro.
Ameglio obviamente no oculta nada de eso. "Tiene una puesta muy artificial, muy cerebral, donde los telones de fondo son como de los años `40. La propia película es una cáscara donde hay solamente un momento en que el personaje ve la dimensión real de las cosas, cuando va en un taxi a buscar al niño que perdió y ve las cosas desde abajo (…) Todo lo que se ve es un Montevideo muy conocido, pero está usado como el telón de un teatro. Le sacamos todos los elementos que habitualmente se usan para dar profundidad de campo. Puede parecer menos cinematográfico y más teatral, pero para mí esa dicotomía es absurda".
En el juego de las representaciones la fantasía tiene un espacio muy importante. Ameglio no puede disimular su fascinación por el cine "clase B" y el cine fantástico. Tiene varios "marcianos" que lo expresan, desde el delivery que se presenta en medio de una tormenta con un casco amenazante hasta las naves espaciales que encantan al pequeño vagabundo del golf y una tormenta que aparece de la nada para barrer con todo. Ameglio también aprovecha muy bien la sutileza que desde la música le ofrece Gustavo Casenave, creando sus propios artificios misteriosos.
Claro que la explosión fantástica la hace el protagonista al declararse un astronauta dispuesto a explorar la Tierra con tal imaginación que el propio campo del club de golf se transforma en la superficie de la Luna o de Marte. ¿Alguien puede proponer algo más?
Co-producción con Argentina y España
Aparte del actor argentino Juan Manuel Alari en el papel de Pedro, el elenco de la película incluye a Martín Voss (como el niño), Walter Reyno (Manuel), Gonzalo Cammarota (Juan), Jorge Bolani (Herminio), Horasio Marassi (Roberto), Filomena Gentile (la madre de Pedro), Noelia Campo (Claudia), Virginia Ramos (Laura), Paola Venditto (Susana), Augusto Mazzarelli (el cerrajero), Soledad Gilmet (Karen), Virginia Rodríguez (Andrea) y María Aiello (la madre de Claudia).
El rodaje se realizó mayoritariamente en tres zonas de Montevideo: en el club de golf de Punta Carretas y su entorno, en la Ciudad Vieja y en los exteriores de la Torre de Comunicaciones (cuya silueta aparece a lo lejos en otras secuencias). El director de fotografía es el argentino Juan Carlos Lenardi, que tiene más de treinta años de trayectoria, habiendo pasado por todos los géneros. Filmó "La cáscara" tras cuatro años de no incursionar por el largometraje.
Antes del estreno uruguayo, el film fue exhibido en varios festivales. Uno de ellos es el de Shanghai, con el cual China pretende crear su gran vidriera cinematográfica. En el festival independiente de Buenos Aires (Bafici), "La cáscara" recibió muchos elogios. Lo que se repitió tras su reciente estreno en Madrid, Barcelona y Valencia. La película fue realizada como co-producción entre Salado Films de Uruguay, y empresas de Argentina y de España.
Es el primer largometraje de Carlos Ameglio, quien antes había dirigido dos mediometrajes: "Los últimos vermicelli" (1988, con Juan Carlos Sobrino e Imilce Viñas) y "El hombre de Walter" (1995, con Gustavo Escanlar). En 2001 tenía todo arreglado para filmar una ambiciosa coproducción con Argentina y España, "El día después de la noche anterior", con Carmelo Gómez y Aitana Sánchez-Gijón, pero la fuerte crisis financiera hizo que la película se cayera.