JOSÉ MASTANDREA
El Análisis
El karma de los penales nos persigue y nos perseguirá siempre. No es un tema nuevo pero a lo largo de su historia, el fútbol uruguayo perdió más de lo que ganó desde los doce pasos.
La sanción de un penal, sea en el partido que sea, es un momento de angustia para cualquier hincha uruguayo.
Casi ni se festeja. Después que el árbitro marca el fatídico punto blanco, los jugadores se miran de reojo y los hinchas se tapan el rostro con sus dos manos. "¿Quién lo tira? ¡¿No me digas que patea fulano?! ¡Este burro lo erra!"
Expresiones como esas recorren y bajan desde las tribunas. Salvo que en la cancha haya un "especialista" (el "Loco" Abreu, Pablo Bengoechea, por poner dos claros ejemplos) en los corazones de los hinchas late más la incertidumbre que el gol.
Los arqueros esperan el pitazo como quien iba a la guillotina. Indefensos, solos, apenas tienen un par de segundos para elegir un lado u otro. Tienen que tapar 7 metros y 32 centímetros de largo y 2 metros 44 centímetros de alto.
El ejecutante lleva todas las de ganar. Pero para el fútbol uruguayo parece que el arco queda reducido a la mínima expresión y los arqueros rivales surgen como gigantes, se los ve como a King Kong encima del Empire State.
Ya es hora de ponerse a tirar cien, doscientos, trescientos penales por entrenamiento. En una de esas aprenden.