RUBEN LOZA AGUERREBERE
Así como un duende, como quien no quiere la cosa, hace cuarenta y tres años levantó el vuelo el escritor más original de Uruguay. Hablo de Felisberto Hernández.
Vino al mundo en 1902, en Montevideo; y aquí dejó de existir (para el registro civil) en 1964. Al revés que Borges, o que Juan Carlos Onetti, él no supo, ni imaginó siquiera, que estaba escribiendo de una manera tan original y que sus cuentos fantásticos y sus relatos semi/proustianos, le sobrevivirían tan largamente.
Porque, sin duda, Felisberto Hernández ha gozado, y goza hoy, de una amplia resonancia. Se han sucedido las ediciones de sus "Obras Completas", hay una celebrada antología italiana, titulada "Nessuno accendeva le lampade", prologada por Italo Calvino, así como una edición francesa de "Les Hortenses", presentada por Julio Cortázar.
Pero en su época, Felisberto Hernández era un escritor casi secreto. Era más conocido como pianista ambulante que como autor de libros que abundaban en hallazgos sorprendentes. Su vida misma fue singular: humilde, sencilla, pintoresca, y, a veces, un poco triste. Era un ser singular, que había huido de sus propias páginas. A veces buscaba refugio en una quinta que en Minas tenía su amigo, el Dr. Hulio Casas Araújo, poeta y diplomático de larga trayectoria.
Estudió el piano con Clemente Colling, a quien recordó en uno de sus relatos. Y en su juventud tuvo una intensa y variada actividad como pianista, tocando música popular en cafés de Montevideo y acompañando películas mudas en los cines.
Pero también fue un músico andariego, y recorrió el Uruguay entero dando conciertos, en pueblos y ciudades. Le acompañaba, entonces, actuando como recitador gauchesco, Yamandú Rodríguez, escritor de cuentos criollos que, por cierto, era más famoso que Felisberto. Fue, asimismo, un inspirado concertista y actuó en el Sodre y en salas de Buenos Aires.
También dio clases de piano y concibió algunas composiciones y fue un modesto funcionario de Agadu.
La vida amorosa del pianista/escritor ocupa otro capítulo importante. Se casó cuatro veces. Entre sus esposas se encontraban la pintora Amalia Nieto y la pedagoga Reyna Reyes. Y estuvo vinculado sentimentalmente a la escritora Paulina Medeiros, quien publicó en 1974 un libro, que ella misma me obsequió, sobre sus relaciones con el escritor.
La obra literaria de Felisberto Hernández tiene tres etapas bien diferenciadas, como ha señalado Walter Rela. Ellas van desde 1925 a 1941, con publicaciones en diarios y ediciones hechas en imprentas del interior del país, como el "Libro sin tapas" (que no tenía tapas, como contaba el embajador Julio Casas Araújo). Desde 1941 a 1946, dos narraciones extensas que definen su mundo literario, marcado por el humor y la fantasía. Y desde 1947 a 1960, y entre los libros "Nadie encendía las lámparas" y "La casa inundada", cuentos basados en sus recuerdos. En ellos la realidad es extravagante porque su mirada de escritor era personal y no menos extravagante. Yo quise rendirle un homenaje situándolo en un cuento junto a Gardel, en mi libro "No me dejes en la tierra". Podía haberle ocurrido.
Cuando uno lee a Felisberto Hernández sospecha que a la vuelta de cada página sucederá algo extraordinario. Lo sorprendente es que no ocurre. Y quizá por eso, sus mentiras han terminado convirtiéndose en verdades, tantos años después de su adiós.