GERARDO SOTELO
El discurso del presidente venezolano, Hugo Chávez, en la cumbre del Mercosur resultaría descacharrante si la aplicación de sus extravagancias no anunciara más miseria.
Chávez reiteró su concepto de que la nacionalización de la empresa telefónica venezolana, controlada hasta ahora por capitales estadounidenses, será una bendición para su país, y aprovechó la ocasión para condenar de diversas maneras el capitalismo neoliberal. Claro que si George W. Bush se convirtiera al chavismo, el pueblo venezolano se quedaría sin la red de estaciones de servicio que posee en las entrañas mismas del Imperio, gracias a las facilidades que otorga el capitalismo globalizado.
Chávez sorprendió a buena parte del auditorio reivindicando la creciente intervención estatal en la economía venezolana, seguramente inspirado en el éxito de países como...como...eh... bueno, en realidad no hay ningún ejemplo que lo avale, pero ahí está Chávez, cual Cid Campeador redivivo, con ideas capaces de ganar batallas aún después de muertas.
Como si esto fuera poco, los presidentes progresistas que intentan mantener las cuentas equilibradas, como Lula, Vázquez o Bachelet, aprendieron del compañero Hugo las ventajas de repartir dinero generosamente. Para Chávez la política puede y debe desplazar al "mercado" y aún a las leyes de la economía. En su mundo, la ideología no ha muerto sino que ha vuelto y sirve para enfrentar al neoliberalismo tanto como a la matemática.
Acaso su teoría más bizarra es la de que el capitalismo y el neoliberalismo fueron impuestos a sangre y fuego por Estados Unidos. Habría que preguntarle qué portaaviones obliga a la República Boliviariana a mantener sus multimillonarias inversiones en Estados Unidos, qué amenaza militar pende sobre los líderes chinos para que corran a invertir sus ahorros en la patria de "mister danyer", o qué batallón de marines invadirá Uruguay tras la negativa de Vázquez de firmar el TLC ofrecido por Bush.
Pero como la lucha antiimperialista es cruel y es mucha, el líder bolivariano se ufana de su alianza con el presidente de Irán, Mahmud Ahmadinejad, un teócrata ultramontano que organiza congresos para burlarse del martirio de seis millones de judíos a manos de los nazis, entre otros gestos de tolerancia y humanismo. De Ahmadinejad y su régimen podrá decirse cualquier cosa menos que son socialistas. Si bien los ayatollás derrotaron al Sha Reza Pahlevi junto a varias fuerzas de izquierda, pronto se desprendieron de estos molestos aliados secularistas. Sencillamente, los exterminaron.
Con la humildad que lo caracteriza, el líder bolivariano rotuló sus ingeniosas ocurrencias como "Socialismo del Siglo XXI", ensalada conceptual que se expresa a través de un puñado de consignas que la izquierda latinoamericana acuñó en la noche de los tiempos. Una cantinela que resultaría descacharrante si su aplicación no anunciara más miseria para los sufridos venezolanos.