Todo empezó cuando el diario El País -órgano opositor, de acuerdo a la lista difundida por el presidente Vázquez meses atrás- publicó un reportaje a Eduardo Fernández, secretario general del Partido Socialista. El opaco tercer puesto alcanzado por los socialistas en las elecciones internas del Frente Amplio aún estaba muy fresco. Y no se le ocurrió mejor idea que pasar factura al sector de Asamblea Uruguay, encabezado por el ministro de Economía, Danilo Astori que tuvo un fuerte espaldarazo en los comicios con su segundo lugar.
"Los socialistas hemos sido muy fieles con Astori", dijo; "sin embargo Astori no ha sido igual con nosotros. Ha opinado por demás de la política internacional..."
Más allá de la sorpresa de enterarnos que hay una política internacional, las declaraciones de Fernández provocaron la réplica de dirigentes de Asamblea Uruguay, que rechazaron las acusaciones de falta de lealtad, al punto que le perdonaron la vida al Canciller al no hacer cuestión fundamental de las desastrosas relaciones con la República Argentina, como lo indicaban las encuestas.
Lo cierto es que este episodio pone de manifiesto una vez más las tremendas contradicciones que conviven dentro del gobierno, las distintas maneras de ver el mundo y la inserción de Uruguay en él, en una pulseada que arrastra al Presidente de la República -y a todo el gobierno- a la hora de tomar decisiones.
Las dudas y vacilaciones han sido una constante, como también rehuir responsabilidades constitucionales y convocar a grandes debates nacionales en busca de respaldos que no corresponden o de asignar protagonismos caprichosos, sin ninguna base legal.
Pero más allá de ello, el enfrentamiento entre el ministro Astori, líder de Asamblea Uruguay y el canciller Gargano, líder del Partido Socialista, es un tema que el Presidente debe zanjar de una vez por todas. Puede admitirse -a regañadientes- que no haya sintonía del gobierno a nivel nacional, pero que el desafine se produzca con el mundo como espectador, es un papelón.
Y en materia de imagen y de logros entre uno y otro, llegado el momento de decidir, el asunto no da ni para pensar.