SEBASTIÁN DA SILVA
La semana pasada nos lamentábamos del tiempo perdido en este muy buen año. No entendíamos la miopía del gobierno en desaprovechar esta excepcional coyuntura para ir a fondo en los cambios que el Uruguay debe de hacer para no tener que fundirse cada veinte años.
El pronóstico meteorológico marcó las urgencias del gobierno, cuando la seca amenazó se pusieron las pilas y no bien volvió a llover todo regresó a la letanía. Total el ganado engordaba, no teníamos a Brasil y Argentina compitiendo y los precios de los granos se fueron a las nubes.
Esta actitud tan típica de nuestros gobernantes no tiene exclusividad frenteamplista, lamentablemente es un vicio arraigado que pone al gobernante de turno muy ingenioso para gastar internamente cuando la macroayuda y ese ingenio no deja tiempo para preparar al país para cuando el viento cambie.
En el caso de la izquierda, esta bendición que les toco en su estreno gubernativo, de recibir un país pujando para arriba "per se" y sin necesidad de ayudas estatales, tiene otras aristas. La mayor acumulación de poder de los últimos cuarenta años, tuvo un rendimiento nulo a la hora de producir medidas gubernamentales, las mayorías parlamentarias no tienen más que la reforma tributaria que mostrar como logro de todo el trabajo del año, y los artículos de la rendición de cuentas.
No se conoce una sola medida legal que fomente ni el agro, ni la industria, ni el comercio, ni la inversión. Pasamos el año mirando los juzgados, lo que pasaba en los batallones o el chisporroteo diario del conflicto con Argentina. Salvo en el aspecto financiero, en donde se cambió deuda por deuda, el resto de la actividad vital de los uruguayos quedó circunscripto a iniciativas asiladas que en conjunto no tienen incidencia alguna.
Otra característica preocupante que quedó de manifiesto en este 2006 es el autoaislamiento, el camino elegido por la izquierda de gobernar solitariamente y a prepo los llevó a encerrarse en sus propios comités de base y a trasladar toda la carga sesentista de sus envejecidos militantes a la acción de gobierno. Resultado previsible, somos el único país subdesarrollado en la faz de la tierra al que nos proponen un TLC con nuestro principal mercado y decimos que no.
Menos relevante para la totalidad de los compatriotas es lo acontecido con el Fiscal de Corte o con la seguridad ciudadana, en donde la verdad revelada que quieren imponer choca de frente con la inequívoca realidad.
En materia internacional, sería deseable que los reyes magos le regalen al gobierno una brújula. Es simplemente inexistente la estrategia en política exterior, que si bien reconocemos muy debilitada por la coyuntura, es obvio que no aparece en los cuadros frentistas alguien que defina claramente cuál será el rumbo a tomar por el Uruguay.
Veintipico de meses son tiempo suficiente para aprender los ritmos y las formas de dirigir un país del tamaño del nuestro. Probablemente los números contradigan nuestro pesar por la ayuda proveniente del exterior sobre todo en la cadena agropecuaria, pero la experiencia indica que el aprendizaje de las crisis no se limita a los momentos de quiebre sino al día después de la tormenta, cuando las cicatrices son testigos del dolor y se hacen las previsiones para no volver a tener tamaño sufrimiento.
Nosotros tuvimos un 2006 con casi todo a favor y nos negamos a aprender.