Jueves | 23.11.2006
Montevideo, Uruguay | 15:33
  - Editorial
¿Nación sin destino?

RICARDO REILLY SALAVERRI

Pertenezco a una generación que va a morir contemplando el espectáculo de viejas rencillas, a las que no hay manera de encontrarles un fin.

No sé si mi situación personal es muy distinta a la de muchos uruguayos, que creen que la República tiene todo en un mundo permanentemente sacudido por cataclismos materiales y humanos, como para construir una sociedad libre y con porvenir.

Hacia fines de los años 60 del pasado siglo durante varios años, compartíamos los estudios universitarios con la militancia en la juventud nacionalista. La oposición al gobierno de la época era total. Hacia 1971 tras las elecciones nacionales, controvertidas, que llevasen a la Presidencia de la República a Juan María Bordaberry, urgidos a terminar la carrera de abogacía y trabajar, los acontecimientos que fueron tomando curso nos encontraron alejados del quehacer político. Aquellos tiempos universitarios -por otra parte- mostraban a la principal casa de estudios, sita en 18 de julio, con sus salones embadurnados de consignas y en ella presenciamos todo tipo de violaciones a la laicidad e inclusive actos de violencia, difíciles de comprender y asimilar.

De allí, que lo que fue pasando nos sorprendió atendiendo urgencias personales impostergables y fuera de la lid que todo lo impregnaba en las calles, en el parlamento, en todas partes. Hubo violencia, iniciada a partir de actos terroristas que no pueden ignorarse, se comenzaba a percibir una presencia militar cada vez más importante, a partir de la creación de las denominadas Fuerzas Conjuntas y del ingreso de los militares por orden gubernamental al enfrentamiento con la subversión y hubo culpas compartidas de muchos actores. Porque como bien lo señalan con objetividad, quienes imbuidos de tal actitud han investigado recientemente las circunstancias de aquel momento del país, ni la violencia y los actos terroristas suponían una reafirmación democrática, al tiempo en que muchos actores de la vida partidaria y sindical, llegaron a considerar públicamente la posibilidad de una ruptura institucional, que era buena si arrimaba agua para el propio molino. Pruebas y testimonios sobre el particular son por cierto abundantes.

Advertir estos hechos y todo lo indeseable a lo que la situación derivó, confieso que para un ciudadano independizado de un compromiso cívico inmediato y directo le generaba un sentimiento de escepticismo. Y confusión. A lo cual se agregaba la sensación de que todo lo que se complicaba inconteniblemente no tenía formas de evolución que mereciesen una espontánea adhesión. Y con acierto o con error la gente del común tomaba posiciones encontradas en el diálogo íntimo, porque junto a aquellos que entendían que la controversia lo era todo, muchos ayer, como también hoy, lo que deseaban era la pacificación nacional y poder generar un sustento para sí y su familia.

Actualmente es notorio que junto a quienes conservan dolor, se mueven muchos que solo viven de la agitación constante y otros que ven en los hechos una mera posibilidad de beneficio personal.

Al escribir estas líneas me informo de que se insiste en derogar la llamada "ley de caducidad" votada por el parlamento y ratificada por una mayoría ciudadana, que integraban muchos compatriotas actualmente fallecidos, que pertenecían justamente a quienes por vivir lo que recuerdo, tenían una particular capacidad para tomar posición al respecto.

¿Seguiremos eternamente abrazados a un rencor?

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