Domingo | 10.09.2006
Montevideo, Uruguay | 01:40
  - Editorial
Saravia

JUAN MARTIN POSADAS

Difícil no referirse a Saravia un 10 de setiembre. Quiero, con todo, dejar un homenaje al caudillo que sea interesante y útil también para quienes no son blancos.

La figura de Aparicio, así como la de otros caudillos del Partido Nacional, genera un tipo de convocatoria muy particular en quienes nos contamos entre los miembros de ese partido. Me refiero a cabalgatas, fogones, visitas a los lugares históricos y exteriorizaciones de esa naturaleza. El Partido Nacional mantiene como característica una predisposición natural a la escenificación de su perfil político. Las jornadas recientemente cumplidas en Santa Clara de Olimar y ahora Masoller son un ejemplo de ello. Hay muchos otros.

Algunos ajenos se confunden y no ven mucha diferencia con actividades similares de las organizaciones nativistas. Es un error de apreciación: no tienen nada que ver. Estas son, sin ninguna duda, actividades partidarias, con un fuerte contenido político. Nuestras experiencias, para poder enraizar, necesitan representarse, desplegarse en forma de espectáculo. Nuestro partido es idea y programa pero también pasión y compromiso. La puesta en escena a cielo abierto durante los homenajes a Saravia constituyen una representación, emotiva y pedagógica, de lo que es el servicio a la patria, el desinterés con que se ha de tomar y la llaneza con que se han de relacionar quienes en esa empresa se alistan. La estética es anticuada y la forma de expresión quizás también lo sea pero los valores y principios que se ponen en escena y se representan son actuales y permanentes.

Hemos ingresado en un tipo de cultura individualista y fría, donde los entusiasmos colectivos y el ardor espontáneo están ausentes. Es una cultura donde sólo se congregan muchedumbres en los estadios deportivos y en los festivales de música. ¡Cómo no valorar algo que mantiene vivo el entusiasmo político partidario! ¡Qué cosa más maravillosamente positiva para un país que una tradición política que ha inspirado un cancionero propio! ¿Cómo no admirar el valor de aquella manifestación de pertenencia, incontaminada e ingenua, que dice: qué lindo es ser blanco!

Los partidos políticos no pueden reducirse a ser maquinarias electorales. Es cierto que para ganar una elección -y esto es también tarea de los partidos- cualquier organización política debe salir fuera de sus fronteras a buscar entre la mayoría de orientales que no son de ningún partido y que a ellos habrá que convocarlos con otro lenguaje y otros argumentos. Pero, para explicar 170 años de permanencia de un partido que ha pasado la mayor parte de ellos fuera del gobierno y lejos del estado sin dejar por ello de hacer su aporte desde el llano, hay que reconocer y asignarle el valor que tiene a ese expresarse y escenificarse a sí mismo al aire libre y a la luz del sol, que caracteriza al Partido Nacional.

Es a través de las manifestaciones colectivas de entusiasmo de un pueblo donde se revela el laboratorio secreto de la historia y se manifiesta la vida real que traspasa la corteza de una cultura nacional sustentada en la repetición. Cuando las ilusiones disminuyen o faltan, las colectividades caen en delicuescencia, son desvitalizadas o vaciadas de su sustancia; nada ni nadie alimenta el entusiasmo necesario para los grandes emprendimientos nacionales. El mundo de las admiraciones y de las fidelidades se torna vacío y se corre el peligro de la vuelta a la indiferencia muerta del desierto, o lo que es su versión moderna, simplemente el estado.

"Es a través de las manifestaciones colectivas de entusiasmo de un pueblo donde se revela el laboratorio secreto de la historia".

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