GUSTAVO TRINIDAD
Todo empezó como un simple hecho cotidiano. Un mail del Circulo Policial llegó el pasado viernes avisando que se estaba probando un nuevo sistema y pidiendo a los destinatarios la amabilidad de contestar si les había llegado correctamente.
Devolví el mensaje con un escueto "OK, todo bien". Segundos más tarde empezaron a llegarme otras respuestas similares de colegas y de varias dependencias policiales de todo el país. Incluso mi propia respuesta me llegó como en un espejo. Pero los mails se iban acumulando, algunos decían: "Todo correcto, de parte del agente González", avisando a su vez que comunicaría a sus superiores. Me pregunté por qué me estaban llegando justamente a mí , pero más tarde me di cuenta que a todos les llegaban formándose en una red en la que ya aparecían mensajes como: "¿Vos sos Fagúndez el de Barros Blancos?", o ¿Quién es Arias, no entiendo nada". Y luego la explicación de Arias no se hacía esperar, aceptando el desafío de explicar quién era él.
La cosa ya tomaba características absurdas y una decena de conversaciones se cruzaban en un caos mayúsculo. Unos se preguntaban si el sistema iba a ser así, si con él ofrecerían un diario, otros se preguntaban: "¿Y yo qué tengo que ver?"
Ese simple hecho cotidiano había desencadenado una red infernal. Una especie de conventillo cibernético que crecía entre voces, pensamientos, preguntas. Una trama impensable de destinos.
Recordé los 28.000 funcionarios que tiene el Ministerio del Interior, pensé en Dios, que puede estar en todas partes todo el tiempo. Maquinal y aplicadamente empecé a "matar" cada uno de los mensajes.
Era demasiado para un simple mortal. Ayer, no sin temor, volví a abrir la casilla de correo, pero por suerte los mensajes habían cesado. El monstruo se había matado a sí mismo.