Sentaditos con compostura

JUAN MARTIN POSADAS

Las noticias provenientes de Argentina que empezaron a aparecer durante la semana pasada generaron considerable nerviosismo. Según lo que allá se comenta es un hecho que la empresa española ENCE, que ya tiene puerto sobre el río Uruguay y planeaba levantar una planta de celulosa, ha desistido de ese proyecto; no quieren líos y se van.

Nuestro gobierno, empero, ha buscado transmitir calma: no existen motivos de alarma, nos dicen. Esta postura del gobierno es, justamente, mi mayor motivo de alarma, porque repite lo que ha sido su actitud básica en el curso de este largo y proceloso desarrollo: la pasividad. Dicen que hay una carta de la empresa ENCE (fechada en junio, parece) que asegura que no se van. Con eso, nada más que eso, nuestros gobernantes se declaran satisfechos y nos invitan a quedarnos tranquilos. El país se queda quieto, inmóvil, esperando el cumplimiento de las promesas de papel.

Mientras tanto el gobierno argentino se mueve frenéticamente. La instalación de las papeleras en esta margen del río es contraria a sus intereses económicos y comerciales y, por eso mismo, no se quedan sentados mirando cómo pasan las cosas. Se han lanzado a hacer gestiones ante los organismos internacionales para bloquear los créditos: están moviendo cielo y tierra, apelando a cualquier recurso, honorable o no. Mientras tanto nosotros: nada, quietitos. Seguramente los argentinos ya habrán enviado varias misiones sigilosas a España para hablar directamente con los capitostes de la empresa, prometiendo algo o amenazando con algo. ¿Nosotros? Nada. Como estamos convencidos de la justicia de nuestra causa echamos el chambergo a la nuca y esperamos, mansos. Si tenemos estabilidad política, una economía ordenada y seguridad jurídica ¿qué más quieren los inversores? Tenemos buen comportamiento y, confiados en eso, nos quedamos sentados, quietitos y bien comportados, esperando que las inversiones vengan solas.

¿A nadie se le ha ocurrido que ese comportamiento, aparentemente tan juicioso, es, justamente, decepcionante y causa de enorme alarma y justificado nerviosismo? Con sólo el diploma de buena conducta no vamos a ningún lado en el mundo de los negocios. Sin pelearla un poco más, sin un poquito de esfuerzo nos vamos a quedar sin esa inversión. Los españoles, al final, van a decir: pero estos tipos no tienen verdadero interés que nos instalemos allí ¡si no hacen nada! Están en una abulia patológica; no tienen un gobierno que los conduzca, no saben cómo es el mundo de los negocios ni cuán disputadas son las buenas inversiones. Los argentinos, muestran mucho más fuerza en la defensa de sus intereses: tienen más ganas.

¡Señores! ¿En qué clase de país nos hemos convertido? Un país que no atina a defenderse, que está apoltronado, perplejo ante las complicaciones, pasivo, confiado en que el mundo habrá de valorar su buen comportamiento y, con una caricita en el cachete y una sonrisa, nos darán lo que necesitamos para nuestro progreso económico. ¿Cómo no han salido ya para España y para los centros financieros de Europa y Estados Unidos jerarcas del gobierno a pelear por nuestros intereses a capa y espada? (¡No hace falta molestarse, tenemos una carta!) ¿Cómo es que no hay hace me-ses una campaña de prensa en Buenos Aires demostrando que hemos hecho lo necesario para que no haya riesgo ecológico? ¿Merecemos algo si no somos capaces de mover ni un dedo para defenderlo?

"¿En qué clase de país nos hemos convertido? Un país que no atina a defenderse, que está apoltronado, perplejo ante las complicaciones".

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