Parecería que los días 11 se han transformado en una fecha fatídica para la humanidad. El 11 de setiembre de 2001 fueron los atentados contra las Torres Gemelas con más de 2.000 muertos. El 11 de marzo de 2004, una coordinada explosión de bombas en la terminal de Atocha en Madrid segó la vida de casi 200 personas. Y el 11 de julio de 2006, siete bombas en Bombay estallaron casi simultáneamente en varios vagones de trenes subterráneos atiborrados de trabajadores que volvían a sus casa tras la jornada laboral y dejaron, por ahora, alrededor de doscientos muertos. A ellos sumémosle los miles de heridos, de mayor o menor gravedad, que arrojaron estas acciones.
Pero más allá de la coincidencia del día, lo que asusta es la permanente presencia del implacable rostro del terrorismo (invocando el Islam), que ha desnudado su rostro y exhibe con espeluznante fiereza que se vive una nueva guerra, que el escenario de la beligerancia es aleatorio, que no se halla ubicado en determinado territorio y que los métodos que se emplean nada tienen que ver con los convencionales. Porque lamentablemente no solo los días 11 han marcado la espiral de violencia en el mundo, sino que ésta se ha sucedido en forma ininterrumpida sin respetar el calendario.
Las escenas desgarradoras de hombres y mujeres removiendo los escombros en una búsqueda desesperada de familiares y seres queridos, se repitieron también en la tragedia del teatro de Moscú, en la masacre de la escuela rusa en Beslam, en la discoteca de Bali (Indonesia), en el servicio de transporte de Londres, en los atentados suicidas en autobuses, plazas, restoranes y supermercados de Israel. En las represalias cargadas de iracundia.
No hay dudas de que el mundo se mueve con miedo y lo seguirá haciendo mientras estos grupos existan. Llámense Al Qaeda, separatistas chechenos, Hamas, Lashkar-e-Toiba (grupo terrorista islámico radicado en la Cachemira paquistaní), operan en las sombras con similar e indiscriminada crueldad: sus blancos son ciudadanos corrientes y comunes -incluso mujeres y niños-, trabajadores desarmados. "Objetivos fáciles" parece ser la consigna y el sello distintivo de los atentados terroristas que han sacudido al mundo.
Y que no se pretenda buscar una explicación en las "causas" del terrorismo para desde allí encontrar los posibles antídotos. La injusticia social y la pobreza en el mundo musulmán -aceptando que la marginación siempre es peligrosa- no justifican la pobreza moral que significa la aniquilación masiva y alevosamente premeditada de seres humanos.
Y como si esto fuera poco, la aventura estadounidense en Irak cobra decenas de vida a diario y la novel democracia es solo un fértil campo de batalla; la violencia de los talibanes ha vuelto a campear en la desolada Afganistán tras aquel olvidado operativo que se llamó "Libertad Duradera" y donde Estados Unidos proclamó para sí el liderazgo de la lucha antiterrorista. Corea del Norte intensifica su carrera nuclear y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no encuentra una respuesta adecuada. Irán continúa con su programa de "enriquecimiento de uranio" y rechaza cualquier intento de detener su también carrera nuclear. En Medio Oriente, las elecciones en Palestina y el cambio de gobierno en Israel no han disminuido un ápice la tensión.
Ahora, a raíz del atentado en Bombay, recrudece el escenario de turbulencia en una zona extremadamente amenazadora, donde los vecinos India y Paquistán -dos potencias con armas atómicas y tradicionales malas relaciones- se ven nuevamente involucradas y el tono de los reproches crece con vértigo letal. Con tres guerras a cuestas habían mejorado sus relaciones a partir de 2003, y se habían restaurado los vínculos diplomáticos y concretado la apertura de las comunicaciones. Hoy todo pende de un hilo y es otra región que irradia amenaza.
El mundo se ha convertido en un lugar inseguro -sobre todo a partir del 11 de setiembre de 2001- y lo seguirá siendo hasta que esta guerra contra el mundo se acabe.