MIGUEL CARBAJAL
Se viene otra película sobre Truman Capote, mientras la industria editorial norteamericana ha batido, a lo largo de este medio año, el récord de publicaciones relativas a un mismo autor. ¿Se justifican esos excesos? La gente especializada en estadística del área literaria opina que, desde los mejores años de Hemingway y algún otro integrante de la generación perdida, ningún autor había despertado tantas expectativas. ¿La muerte favoreció a Capote? ¿Resultaba ser en vida un escritor anclado en los primeros puestos del ranking? Tuvo altibajos y en los hechos fue un personaje más notorio por el desparpajo de su temperamento y su afición a los escándalos, que por su producción. Y por supuesto su fallecimiento benefició económicamente a los herederos. Capote vende ahora más que nunca.
Una selección de algunos de sus reportajes ha puesto, otra vez (como si fuera necesario), sus dotes en el periodismo. Trabaja los reportajes desde el desenfado a la indiscreción y obtiene sus mejores trabajos cuando tiene empatía con el entrevistado. Pero exhibe una ventaja aparte: ese ser aparentemente distraído, snob y superficial a primera vista tenía una inteligencia penetrante y el encanto hipnótico de una cobra. ¿Cómo podía la gente entregarse a un escritor famoso por sus maldades? Por vanidad, se supone. Para ingresar en el terreno de las celebridades que aseguraba el "niño maldito". ¿Acaso Galtieri no cometió la imprudencia de ponerse en manos de Oriana Fallacci sabiendo que lo iban a crucificar? Y ese día no estaba borracho como cuando emprendió contra Las Malvinas.
La crónica mejor lograda de Capote es la que le hizo a Marlon Brando cuando se filmaba La casa de té de la luna de agosto. Después de un par de maldades del divo y el arsenal de halagos que manejaba en su provecho Capote, casi sin quererlo, pero también como si estuviera descargándose de una culpa, Marlon Brando se muestra desnudo y desvalido en su intimidad. La charla es una pequeña obra de arte.
De cualquier manera el autor de A sangre fría no encabeza la lista de los mejores entrevistadores. El grupo más selecto lo conforman el maniobrador de Tom Wolfe, Barbara Goldsmith, Nicholas Tomalin y Joe McGennis. Y sobre todo Rex Reed, un notero de redacción que tuvo la fortuna de acceder a la actriz Ava Gardner y obtener un trabajo maravilloso que tituló ¿Duerme usted desnuda? Pero la estrella es Gay Talese, un colaborador del New York Times y de Esquire conocido por "su fuerza narrativa y su carácter documental". En ocasiones Talese utiliza ese material para insertarlo en obras de aliento como las que hace sobre la irrupción del sexo en la modernidad norteamericana en la década del Cincuenta, y el código de honor que rodea al mundo de la mafia. En cualquiera de los dos libros (La muerte de tu prójimo y Honrarás a tu padre) introduce, dentro de un contexto de ficción, elementos sacados de la realidad. La pintura que hace de Hugh Heffner mientras se propasa con su novia en un ómnibus urbano es un himno a la procacidad. Y una herramienta para entender mejor la personalidad de un hombre que ahora es un payaso pero supo ser un provocador cultural en el pasado. Y el autor, casualmente, de una revista, Playboy, donde figuran algunas alhajas resplandecientes del periodismo internacional.