Luego de casi una semana de tensa espera, y en uno de los resultados electorales más ajustados que se hayan visto en América Latina en los últimos años, el candidato oficialista Felipe Calderón fue proclamado como el nuevo Presidente de México. En un país con una tradición política turbulenta, es destacable la calma con la que los mexicanos aguardaron la definición de estos comicios. Sin embargo, se cierne sobre el país la incertidumbre de cómo aceptará el candidato opositor, Andrés Manuel López Obrador, el resultado adverso de las urnas.
La situación del dirigente izquierdista no es nada envidiable. Arrancó la campaña con una ventaja abrumadora en las encuestas, y eso lo llevó incluso a subestimar a su oponente. Tal vez por esto su reacción ante la derrota no ha sido la más ra- zonable. Denunció maniobras fraudulentas e incluso convocó a sus seguidores a una masiva concentración en su bastión de la capital del país, lo cual en un país tan polarizado hace temer que puedan ocurrir incidentes violentos. Según analistas, este tipo de reacción es habitual en el líder izquierdista, quien afirmó hace un tiempo que "este país no avanza con procesos electorales, avanza con movilizaciones sociales". Lo curioso es que los comicios fueron supervisados por expertos internacionales, los cuales avalaron sin ningún tipo de dudas la limpieza de los mismos. Es más, el propio López Obrador firmó semanas antes de las elecciones, un documento reconociendo la integridad del organismo electoral y comprometiéndose a aceptar los resultados.
Más allá de los reclamos que puedan suceder, los principales gobiernos del mundo, sin importar ideologías, han comenzado a reconocer el triunfo de Calderón, con lo que parece difícil que las denuncias de López Obrador vayan a tener incidencia.
Por encima del resultado concreto, la derrota del PRD en México, y de Ollanta Humala en Perú, sumadas al revés sufrido por Morales en Bolivia, donde estuvo lejos del obtener el 80% que prometía en la Asamblea Constituyente, lo que lo obligará a negociar con la oposición, parecen marcar un cambio de tendencia en el continente, que apuesta más a la moderación y a las propuestas concretas, que a los mesianismos ideológicos.