Hugo García Robles
Cada veinticuatro de junio en muchos lugares del mundo se recuerda a Carlos Gardel y el accidente que le costó la vida en Medellín. Quizá resulte obvia toda referencia a su talento y a la polémica eterna sobre su nacionalidad y detalles sórdidos de sus orígenes y vida.
Si se hace abstracción de toda esa maraña de hechos y dudas, se mantiene intacto el milagro de su voz. La estatura del intérprete no se encoge con el paso de los años y por el contrario, diríamos que el ditirambo que afirma "cada día canta mejor", es una hipérbole comprensible ante la virtud inalterable de su vigencia.
Quien escribe cree en la nacionalidad uruguaya del cantor. Tiene hasta razones personales para ello: un tío abuelo, de mala fama en la familia porque era un hombre de la noche rioplatense y ganador -Oh colmo de las deshonras - de un concurso de tango en Buenos Aires en la década del `20, le dijo una vez con su voz de lija: "mirá, Hugo, yo lo conocí y sé que era uruguayo".
Cuando en 1985 se cumplieron cincuenta años de su muerte, Radio Viena dejó escuchar su voz durante media hora, en un sorprendente homenaje de la ciudad donde Mozart y Beethoven también hicieron música. César Fredes, el amigo chileno que escuchó el programa en una visita casual a la capital austriaca y que es un tanguero de ley, disfrutó del programa y trasmitió a su regreso a quien escribe el dato. Por cierto, en ese momento, residíamos ambos en Caracas y cada 24 de junio, la prensa venezolana recuerda a Gardel con una puntualidad fiel emocionante. Por esta causa, pudimos editar un suplemento de El Diario de Caracas, fundado por Tomás Eloy Martínez, el 24 de junio de 1985, doce páginas formato tabloide titulado "Cincuenta años de la voz del siglo", con una foto del cantor firmada por Silva en la portada. El director del diario, con mucho humor, nos señaló que habíamos puesto Montevideo en la tapa del Diario de Caracas, ya que, en efecto, la foto apareció firmada "foto Silva, Montevideo".
El cantor tiene su monumento en el corazón de la querida Caracas, en una estación de Metro que se llama Caño Amarillo y que por un milagro no lleva el nombre de Estación Gardel. Allí llegó el cantor en 1935, en su último viaje previo al vuelo hacia Colombia, desde el puerto de La Guaira, a la que era entonces, con el nombre de Caño Amarillo, una estación de los trenes que subían desde el puerto a la capital venezolana. Han quedado fotos y filmaciones de la recepción que el pueblo caraqueño dedicó a Gardel, llevándolo en andas. También existe una filmación de una mesa en la que caballeros y damas acompañan al cantor en el famoso Hotel Majestic, sede emblemática de la hotelería de la época. Quien escribe pudo ver en un restaurante de Caracas uno de los majestuosos espejos del Majestic, quizá el mismo que eventualmente reflejó el rostro de Gardel. Pero, sobre todo pudo ver la filmación de Gardel, en esa rueda del Majestic, luciendo su cautivadora sonrisa, mientras enjugaba discreta y elegantemente, su frente húmeda por el calor tropical.
Hace por lo tanto décadas que llega el 24 de junio y hacemos esto mismo, hablamos y escribimos sobre Gardel, el cantor que por encima de todas las absurdas y seguramente pasajeras diferencias, pertenece a las dos riberas del Plata, lugar del mundo que su voz expresa de manera honda y verdadera.