Lo vimos en el campo de batalla,/ donde el peligro se mostró más recio,/ escuchando el fragor de la metralla/ con la noble sonrisa del desprecio./ Lo vimos a la lumbre de la gloria,/ burlarse de las iras de la muerte/ enseñando que nace la victoria/ de las negras entrañas de la muerte..."
Así vio a Diego Lamas, el poeta del Partido Nacional, Carlos Roxlo. En formidable definición de quien, con Aparicio Saravia, marcó una etapa fundamental de la historia patria en la Revolución de 1897, la más pura de todos los encuentros habidos entre orientales.
Es que Diego Lamas, hijo del General Diego Lamas y de doña Mercedes Delgado, constituyó en su casi efímero paso por la vida, una personalidad que en lo militar y en el civismo, siempre actuó con señorío y prestancia.
Vencedor de Tres Arboles, al despuntar la Revolución, convirtió aquella batalla en lo que hemos llamado la Epopeya Cívica, pues si bien intervinieron sus condiciones excelsas de militar, sus soldados fueron hombres de las más distintas capas sociales, cuya enorme mayoría por primera vez empuñaba un fusil o una lanza en un combate.
Y por extensión, aquella Revolución del 97 se personificó, además de Diego Lamas, militar probo, jefe de los "22 de Lamas", una leyenda, en Aparicio Saravia, General en Jefe y vocero y guía del camino del Ideal y, también en Antonio Floricio "Chiquito" Saravia, imagen misma del coraje sin límites, llevado a la más alta expresión a costa de su vida en Arbolito.
En aquel augusto hogar, también nacieron otros hermanos que dejaron honda huella. Gregorio, que fue el jefe de Estado Mayor -al igual que Diego en el 97- en la Revolución de 1904 y los médicos, Alfonso y Eduardo, ambos también revolucionarios, que en el campo cívico tuvieron amplia, lucida y aplaudida actuación, llegando a presidir al Honorable Directorio del Partido Nacional.
En Cerros Blancos, Diego Lamas había sido herido en un brazo. La recuperación fue lenta y demoró bastante tiempo. Terminada la Revolución, que marcó libertades públicas de futuro para el pueblo oriental, Diego Lamas tomó unas vacaciones aprovechando la invitación que le formulara don Enrique Anaya, pasando a residir en las cercanías de Colón. Gran jinete, todas las mañanas salía a un paseo montado en un brioso caballo que prefería, precisamente, por su indocilidad. El 20 de mayo de 1898, cumpliendo con la rutina mañanera, volvió a salir montando aquel caballo que en determinado momento, nunca se sabrá la causa, se asustó y empezó una disparada enorme que Diego Lamas no pudo detener, seguramente por su brazo deteriorado, hasta que el animal, de repente, frenó su loca carrera, dando con su jinete en el suelo, que cayendo con tanta mala suerte, dejó allí mismo de existir.
Multitudes lloraron muerte tan temprana e injusta. Desde todos los rincones de la capital y aún del país, llegaron a la quinta de Anaya y luego acompañando los despojos mortales hasta su sepultura.
Desde aquel aciago día de mayo de 1898, el recuerdo permanente de la figura del Diego Lamas se ha extendido en el tiempo.
En este año del 2006 en que se celebra el 170° aniversario de la creación del Partido Nacional en aquella batalla de Carpintería de 1836, su evocación resulta una orden en la memoria del Partido Nacional y del país.
"Marcó una etapa fundamental de la historia patria y en todo demostró señorío y prestancia".