CRITICA/GUILLERMO ZAPIOLA
Una leyenda de la industria cinematográfica sostiene que cierta vez un productor hollywoodense le pidió a un director "una película provocativa, pero que no provoque realmente a nadie". Así lo cuenta al menos el famoso realizador y guionista Richard Brooks, quien en alguna variante de la historia incluso habría sido el destinatario de esa frase memorable.
Por supuesto, Brooks falleció hace ya mucho tiempo, pero la frase sigue viva, y El código Da Vinci puede ser apenas su manifestación más reciente. Es obvio que sus productores tienen en principio todas las cartas a su favor: un libro que fue un dilatado éxito de ventas; una intriga criminal; una teoría conspirativa que involucra a la Iglesia Católica, los Caballeros Templarios, el Santo Grial y algunas organizaciones reales (el Opus Dei) o más bien imaginarias (el Priorato de Sión). El punto más controvertido y que ha generado más rechazos es la afirmación de que Jesús de Nazaret, que no era el Hijo de Dios sino un hombre común (aunque un gran hombre), habría estado casado con su discípula María Magdalena, tuvo hijos, y su descendencia viviría aún entre nosotros. Hay gente dispuesta a matar para que ese secreto, que sacudiría las bases del cristianismo, continúe oculto.
Independientemente de la creencia de cada uno, ha sido abundantemente demostrado que la tesis del libro de Dan Brown es casi tan seria como la que sostiene la intervención de los extraterrestres en la historia que Erich von Daniken popularizó en los años setenta; basta consultar cualquier libro serio escrito por gente de cualquier orientación para saber que lo que El código Da Vinci afirma sobre el emperador Constantino, el concilio de Nicea, la formación del canon del Nuevo Testamento, el origen de las Cruzadas, las razones del exterminio de los Templarios y hasta la progenie de los reyes merovingios es un disparate histórico, y a ello la novela añade algunos dislates adicionales sobre arte y temas anexos. Brown y sus admiradores se han cubierto con el argumento de que "es sólo una ficción", aunque otras veces han defendido también, sin convencer empero demasiado, la seriedad fáctica de su teoría. Lo fastidioso del caso es que todos los días uno se encuentra con alguien que se la cree.
Algo hay que poner empero en el haber del director Ron Howard y su equipo, y de ello deriva la cuota de "placer culpable" que proporciona por momentos el film. A la hora de adaptar una novela mediocre y atrozmente mal escrita, han suprimido hojarasca y se las arreglan para conseguir, por lo menos, dos tercios iniciales y algo más en los que el "thriller" (admitámoslo, no demasiado "thrilling") corre con cierta velocidad, bastante acción y una moderada cuota de suspenso. Para quienes conozcan el libro hay pocas sorpresas, pero Howard exhibe la suficiente fluidez narrativa y cuenta con bastantes "valores de producción" (fotografía, montaje, dirección artística) como para que el asunto transcurra con cierta amenidad y llene el ojo.
Ya se sabe, por cierto, que la historia es un clisé atrás de otro, y el encadenamiento de pistas y deducciones parecen los de un libro de la serie Vive tu propia aventura o de un capítulo del Batman pop de los sesenta. La adaptación elimina algunos de los dislates del libro pero por supuesto no puede con todos, y aunque los planteos religiosos aparecen más matizados que en Brown (Hanks discute los extremos radicales de las teorías de su colega McKellen, el tema de lo "sagrado femenino" y los rituales sexuales prácticamente ha desaparecido, la real villanía corre por cuenta de algunos individuos autoritarios más que de las instituciones que integran) sigue siendo difícil aceptar el conjunto. Los cristianos, por lo menos, tienen otra historia que contar, y la caricatura en la descripción de los pérfidos del Opus Dei no se la cree ni un ex-alumno de los jesuitas.
La zona final del film, en particular, se cae como el libro: los últimos capítulos de la novela de Brown ya resultaban francamente insatisfactorios tanto a nivel de esclarecimiento del enigma (la identidad del culpable mayor es una obviedad, la de la descendencia de Jesús hace que la suspensión de la incredulidad se vaya y no vuelva) como de resolución formal. El libro ya abusaba del manido recurso del "asesino parlante" (culpable que explica largamente sus razones mientras encañona a los héroes con una pistola), y el film reitera ese vicio y otras charlas. De esa forma, la película consigue llegar a las dos hora y media, pero pudo terminar antes.
Hay problemas con el elenco, también. Ni Tom Hanks ni su corte de pelo ni su tinte para cabellos son los adecuados para el personaje de Robert Langdon, y Audrey Tautou no es adecuada para nada en absoluto (de todas las actrices francesas de moda, había que elegir para el papel de una astuta experta en claves nada menos que a la protagonista de Amelie), aunque los intérpretes secundarios son mejores. Ninguno de ellos puede ir, de todos modos, más allá de su personaje, y ciertamente los personajes no son el fuerte de la novela ni del film: simples, unidimensionales, con a lo sumo una dosis de agradable ironía en McKellen y una adecuada brutalidad en Jean Reno, que se comporta exactamente como alguien que ha sido descrito como "un toro que acomete". Gente como Paul Bettany (el monje albino) o Alfred Molina (el superior del Opus) merecían mejor sustancia dramática de la que les proporciona el libreto.
El lío sigue siendo el aspecto religioso. Si el tema del film fuera la búsqueda de los planos de un artilugio de la CIA y los villanos fueran el Mossad o la KGB éste sería un "thriller" de Robert Ludlum, y nadie saldría ofendido. Probablemente tampoco sería un "blockbuster" en taquilla, porque justamente esa dimensión que coquetea con el misterio es lo que le otorga al asunto, pese a todo, su dosis de sugestión. Naturalmente, la incorporación de temas trascendentes tratados con harta superficialidad complica la apreciación, pero difícilmente va a socavar las bases de la fe de nadie: para eso se necesita gente con más talento y más información histórica y religiosa que Dan Brown (quizás el Robert Graves de Rey Jesús, por decir algo). Lo del principio: Hollywood sigue jugando a provocar sin provocar.
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Pese a las críticas a El código Da Vinci, el film igual podría cautivar al gran público, al menos durante los primeros días de su estreno, según expertos en taquilla en Hollywood. La película más esperada del año, a la que se destinó un presupuesto de 125 millones de dólares así como una campaña promocional colosal, podría permanecer indemne a las críticas durante los primeros días en las salas, explicó Gitesh Pandya. "Creo que esta mala publicidad podría ser dañina para la película, pero se trata de un film tan enorme que incluso las personas que hayan leído dos o tres malas críticas irán a verla", subrayó .
"El fin de semana de estreno será seguramente impresionante en la taquilla en todas partes, a raíz del frenesí mediático y de la curiosidad de los espectadores en el mundo entero", afirmó, admitiendo también que es una película "destinada más bien al público adulto, que escucha las críticas, no como los adolescentes".
"La controversia ya existía, y (estas malas críticas) se suman (...) Creo que esto ayudará al film, particularmente este fin de semana", replicó Paul Degarabedian, presidente de Exhibitor Relations, empresa que mide la taquilla en América del Norte. Según Degarabedian, aunque sea mala "la publicidad, es la publicidad. Ningún estudio desea malas críticas, pero (...) si se trata de críticas, controversia en relación al libro, a los cabellos de Tom Hanks, la gente habla" del largometraje.
Para Pandya, "podría hacer 60 millones de dólares o más, de hecho, podría ser mucho más si el público no considera las críticas".
el codigo da vinci
The Da Vinci Code
Director. Ron Howard.
Libreto. Akiva Goldsman, sobre novela de Dan Brown.
Fotografía. Salvatore Totino.
Música. Hans Zimmer.
Montaje. Daniel P. Hanley, Mike Hill.
Productores. John Calley, Brian Grazer.
Elenco. Tom Hanks, Audrey Tautou, Ian McKellen, Jean Reno Paul Bettany.
Estados Unidos 2006.