"Peñarol, no má!". El grito visceral, que nació de un pecho cascoteado por los sinsabores de un período de crueldad absoluta con la religión aurinegra, irrumpió de forma natural.
Vino desde la cancha, impulsado por la garganta enfurecida del técnico Mario Saralegui. Se trepó al palco de Jardines del Hipódromo, donde los recogieron algunos dirigentes como Ricardo Scaglia. Y de allí viajó a la tribuna de enfrente, donde estaba la hinchada que había bramado durante los 90 minutos para lograr que el maleficio llegara a su fin.
Y llegó. El "Peñarol, no má`", sonó más fuerte que los cánticos dedicados a Nacional, que los insultos al juez Roberto Silvera y que hasta las dedicatorias ofensivas que lanzaron hacia la parcialidad de Danubio.
No era para menos. Se le había puesto fin a un ciclo de ostracismo deportivo, de derrotas y más derrotas. Y con justicia. Con fútbol. Con una unión entre hinchas y jugadores a la antigua, tirando todos hacia el mismo lado.
No hubo reproches ni nervios. Peñarol jugó con tranquilidad, con pausa. Manejando la pelota, cerrando los caminos a un Danubio desconocido, que no tuvo nada de su viejo y disfrutable estilo de juego.
Y quizás en ello también tuvo algo de culpa Peñarol, porque copó el medio con la seriedad y firmeza de Omar Pouso. Con la manija del "Beto" Acosta, con la proyección y buen manejo de Darío Flores. Con los anticipos de Matías Pérez y hasta con la velocidad de sus zagueros para no posibilitar que le llegara juego a los delanteros de la franja.
Peñarol hasta se controló en las infracciones, dominó el temperamento que antes le había costado muchas tarjetas rojas. Y eso quedó bien claro hasta en los momentos en los que hubo roces en la cancha, porque siempre apareció uno para calmar los ánimos.
Eso influyó, tanto como el comprobar en la cancha que Nicolás Vigneri dañaba por la franja derecha, que Danubio no tenía un jugador que le peleara la posesión de la pelota y que el juego asociado, la constante triangulación, le permitía generar buenas jugadas de ataque.
El gol que puso justicia en el partido llegó mucho más tarde de lo que podía esperarse, porque Flores conectó el cabezazo cuando faltaban 16 minutos para el final del partido, pero lo llamativo y diferente es que Peñarol trabajó el partido con serenidad, sin desesperación.
Ni siquiera le aumentó la presión cuando comprobó que Esteban Conde estaba en una buena tarde y que iba a costar vencerlo.
No claudicó en su filosofía ni en los momentos que Danubio amagó con emparejarle el partido y lo mejor es que siguió con su esquema y su plan aún después de la conquista.
Eso, por otra parte, le permitió alejar todo riesgo para Obelar, que dicho sea de paso tuvo una muy buena actuación. De la misma manera que solidificó su victoria con las tarjetas rojas que se le mostraron a Danubio (dos) y que fueron "fabricadas" por el mejor juego aurinegro.
"Peñarol, no má". Gritó Saralegui, Scaglia y la hinchada. Tenían razones suficiente para hacerlo. Es que se terminó el embrujo.
Salió adelante por jugar con tranquilidad, con pausa
Claves
1 La solidez defensiva de Peñarol y la escasa fuerza futbolística que tuvo Danubio.
2 La tranquilidad con la que se movieron los aurinegros en la cancha y el constante apoyo de sus hinchas.