Buenas intenciones

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, sostiene el dicho popular, y en pocas actividades humanas este refrán es más válido que en la política, y especialmente en la uruguaya. Un par de ejemplos permiten constatar la cruda realidad de lo mencionado.

En nuestro país existe un sistema legal de arrendamientos urbanos que es extremadamente protector para con el arrendatario, en virtud de que históricamente se ha considerado que éste es la parte más débil de la relación contractual. Por ello se ha elaborado un proceso de desalojo y de lanzamiento que es un verdadero laberinto legal, que hace casi imposible que quien alquila y no logra cobrar sus mensualidades pueda recuperar el uso de su propiedad sin que pasen largos meses de costosos procesos judiciales. Muy bien, la intención es impecable, a nadie le gusta el espectáculo de una familia lanzada a la calle porque no puede pagar el alquiler.

Pero esto no es gratis, y las consecuencias de este sistema han sido que cada día las exigencias y garantías para poder alquilar una vivienda son mayores, y que mientras muchos uruguayos no consiguen dónde vivir, cientos de casas y apartamentos permanecen vacíos ya que sus dueños prefieren asumir las pérdidas de no alquilarlos antes que arriesgarse a entregar sus propiedades a personas que no les dan garantías. En Estados Unidos, por ejemplo, se apostó a un sistema completamente diferente. Si usted no paga un mes su alquiler será echado a la calle sin chicana legal que valga, ni miramientos, ante el primer pedido del propietario. El incumplimiento hace caer el vínculo contractual. Esto, que suena tan desagradable, tiene el efecto positivo de que en la gran mayoría del país (hay sitios más exigentes) usted sólo necesita poner un mes de alquiler como depósito reembolsable al final del plazo, y puede tener su vivienda sin más trámite, sin plazos exorbitados, sin necesidad de garantías, con lo cual alquilar una vivienda es mucho más accesible que en Uruguay.

Otro ejemplo. En nuestro país existe un sistema educativo terciario, que se precia de ser gratuito, de valorar hasta la exacerbación la igualdad de oportunidades, y de dar gran relevancia a las opiniones de todos los grupos que participan del mismo, ya sean estudiantes, profesores, o egresados. En los hechos esto ha llevado a que tengamos universidades atestadas, carreras sobrepobladas, con poca salida laboral, y un sistema de funcionamiento que en virtud justamente de esa generosa coparticipación, es casi imposible de reformar y por lo tanto obedece en gran medida a una realidad mundial de hace 30 o 40 años.

La Universidad es gratuita, sí, pero como las carreras están llenas de gente, profesores y autoridades hacen que cada día avanzar en las mismas sea más difícil. Carreras como abogacía, ingeniería, o medicina llevan por lo menos 7 u 8 años para completarse, siempre que se les dedique atención exclusiva. Si tenemos en cuenta que un estudiante ingresa a facultad a los 18 años, ¿se puede aceptar que alguien de bajos recursos puede estar hasta los 25 o 27 años sin trabajar?. La realidad indica que son muy pocas las personas en esta situación económica que hoy en día logran finalizar sus estudios, con lo cual se amplía cada vez más la brecha entre ricos y pobres, algo que nadie quiere que suceda. Pero además, como no existe una planificación ni cuotificación de las carreras, el mercado laboral de los egresados es complejo y los sueldos son bajísimos. Otros países exigen que los estudiantes paguen sus estudios, pero entregan créditos y becas a los sectores de bajos recursos, que luego al salir al mercado laboral, por ser éste fluido, resultan sencillos de pagar.

Existen muchos ejemplos en el mismo sentido, como la descentralización territorial (en momentos en que un reglamento único de tránsito es una urgencia trágica), o las regulaciones laborales que hacen que los empleadores lo piensen muy bien antes de tomar un operario (desempleo 13,4%). Todo esto hace pensar que los gobernantes debieran tomar nota de que lo que a primera vista parece más justo, en muchas ocasiones termina frustrando aquellas acciones que se encaran con la mejor voluntad.

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