CRITICA | GUILLERMO ZAPIOLA
La creciente oleada de accidentes en las aerolíneas de pasajeros de bajo costo, que ha preocupado a las autoridades en la materia a lo largo y ancho del mundo en los últimos meses, otorga una urgente actualidad a esta película argentina en la que su director Piñeyro, antes piloto comercial, narra algunas desagradables experiencias personales que desembocaron en la caída en 1999 de un avión de Lapa sobre la ciudad de Buenos Aires que provocó la muerte de casi un centenar de pasajeros y tripulantes, más algunos transeúntes.
El film combina un costado personal y autobiográfico, quizás novelado, del productor, director, guionista y principal intérprete Piñeyro (la ilusión infantil por convertirse en piloto, un platónico romance adolescente que adquiere con el tiempo otro carácter) con el "docudrama" de la serie de acontecimientos que condujeron a esa tragedia aérea: las desoídas advertencias de un peligro inminente, el cansancio de pilotos con un exceso de vacaciones no tomadas, los descuidos de mantenimiento para abaratar costos, la negligencia o corrupción de jerarcas de la empresa y autoridades oficiales. Rompiendo el orden cronológico de la narración, el libreto se ocupa también de las presiones y amenazas recibidas por el fiscal de la causa para que dejara "todo tranquilo".
Hay una primera virtud, extracinematográfica pero nada desdeñable, en el film: la cuota de coraje cívico con que se lanza a denunciar una situación inquietante que va más allá del relatado caso individual. El blanco de Piñeyro no es la ubicación de los responsables concretos del accidente en cuestión, y ni siquiera la acusación contra los propietarios y jerarcas de la compañía que hoy enfrentan la posibilidad de un procesamiento por negligencia criminal. Atrás corre todo un cuadro de desregulaciones, temor a perder el trabajo, encogimientos de hombros y "no te metás". Hay unos culpables directos en la Fuerza Aérea y en los mandos medios y superiores de la propia Lapa, pero también una responsable mayor que de manera un tanto simplificada puede llamarse la Argentina, o por lo menos una parte de ella. Esa responsabilidad se subraya en la serie de tomas que acompañan a los créditos del final, en los que el docudrama deja paso al registro directo de declaraciones televisivas a cargo de acusados, testigos y periodistas: la intervención final de Bernardo Neustadt, que opera algo así como la frutilla sobre el postre, hay que verla (y especialmente oírla) para creerla.
¿Objeciones? Algunas. La historia personal debió estar mejor (o menos) escrita, sin ese exceso de literatura en la banda sonora que por momentos estorba, y la dirección de actores resulta un tanto rígida y envarada: Piñeyro pudo ser encarnado por un actor más expresivo que Piñeyro, por ejemplo. Pero el drama tiene fuerza y la acusación da con frecuencia en el blanco. No exageremos la atención en los detalles laterales. En su centro, la película tiene cosas para decir, y sabe decirlas con vigor y claridad.
WHISKY ROMEO ZULU
Director. Enrique Piñeyro.
Libreto. Enrique Piñeyro.
Fotografía. Ramiro Civita.
Montaje. Jacopo Quadri, Alejandro Brodersohn.
Dirección artística. Cristina Nigro.
Vestuario. Ruth Fischerman.
Productora ejecutiva. Verónica Cura.
Elenco. Mercedes Morán, Alejandro Awada, Enrique Piñeyro, Adolfo Yanelli, Carlos Portaluppi, Martín Slipak, Sergio Boris.
Argentina 2002.